Michoacán, el Cártel de los chuchos y el Peje





Ramón Alfonso Sallard/


Dia de publicación: 2021-10-11


Es una pena constatar lo que sucedió con el PRD. Pero es todavía más penoso observar la degradación política y moral de los pocos liderazgos que aun militan en ese partido, que nació como una organización en la que confluyeron diversos grupos políticos con un objetivo común: democracia ya, y patria para todos. 

Nada queda de lo que millones de mexicanos construimos en 1989. Sólo un grupo mafioso, carente de todo escrúpulo y cada vez más cínico, que ha decidido poner las siglas de esa organización política al servicio de la delincuencia de cuello blanco nacional e internacional, pero también del crimen organizado. Los datos duros así lo indican.

La corrupción acabó con todo. El ejercicio del poder enloqueció a varios personajes, políticamente menores, que alcanzaron cargos públicos sin mérito para ello, a partir del diseño de “tribus” dentro de esa organización política, que en realidad operaban como grupos abiertamente delincuenciales. Estos subgrupos se acostumbraron al reparto de posiciones a cambio de incondicionalidad y dinero. Cuando estuvieron en auge, imperó la ley no escrita de las complicidades mutuas, tan común en el mundo del hampa.

El caso más patético y reciente es el de Michoacán. Pero antes fue Morelos. Y más atrás Guerrero, con la desaparición de los 43. Pero la información revelada el sábado en Morelia, durante la reunión del presidente de la República --acompañado de todo su gabinete-- con el gobernador electo, es de dimensión mayor: deuda pública por 20 mil millones de pesos, un quebranto de 12 mil millones por el C-5 y un déficit de operación del gobierno por 18 mil millones; a eso hay que sumar los dos meses de salario que se adeudan a los maestros en el estado. Ni se diga los 1,200 millones que gastó en renta de aeronaves, divulgada el viernes. Esto es escandaloso, indignante e inaceptable.

Con razón el narcisista ex gobernador, en los días previos a dejar el cargo, estaba tan asustado y lanzaba acusaciones a diestra y siniestra para tratar de impedir la ratificación judicial del triunfo de su adversario. Sabía que la nueva administración revisaría sus cuentas y que no había forma de ocultar el saqueo, por su constancia, variedad y monto. Simplemente fue un robo en despoblado. 

Silvano sabe también que su futuro está en la cárcel de alta seguridad del Altiplano, si es que sus cómplices no lo atrapan antes para silenciarlo. Obviamente, nada de esta historia aparecerá en Latin-us.

Si bien el ex gobernador de Michoacán provenía de una tribu distinta, el Cártel de los chuchos, en su loca y descontrolada carrera al vacío, terminó por absorber a todos los demás grupos. La entidad que vio nacer al divisionario de Jiquilpan se convirtió en su principal fuente de financiamiento. Simplemente se incrustó al Gobierno de Michoacán en calidad de rémora. Hoy ya no tienen nada.

1) El Peje

Durante 16 años –de 1996 a 2012-- los chuchos crearon su estructura delincuencial a la sombra del actual presidente de la República. Después de las elecciones de ese año, AMLO se despidió del PRD para consolidar Morena, la asociación política que había conformado de manera preventiva en 2011. Así, cuando los chuchos firmaron el Pacto por México que entregó la riqueza energética del país a extranjeros y oligarcas locales, el PRD era, efectivamente, un gran cártel en sus tres acepciones: la económica clásica; la política, que ellos prácticamente acuñaron; y la delincuencial, en la que personajes como La Tuta les mostraron el camino. 

Pero justo ahí –con la firma del Pacto por México-- inició la debacle del Cártel de los chuchos. Asociarse al gobierno cleptócrata de Peña Nieto fue el principio del fin. Las bases empezaron la diáspora. El 2015 fue un anticipo de lo que vendría tres años después. Sin embargo, los chuchos minimizaron el avance de Morena en la Ciudad de México y en otras partes del país. El ilusionismo había hecho presa de ellos.

Nada describe mejor al Cártel de los chuchos, en términos metafóricos, que la rémora: pez marino voraz, de aguas tropicales, que se adhiere fuertemente a los objetos flotantes o a otros vertebrados acuáticos, gracias a un disco oval que tiene sobre la cabeza, para ahorrar esfuerzo en sus desplazamientos y alimentarse de despojos. 

Pues bien: la mayor equivocación del Cártel de los chuchos fue creer que el predicador político de Macuspana –como lo llaman despectivamente-- compartía las características del pejelagarto, según apelativo que le impuso al tabasqueño don Julio Scherer García, el periodista, su amigo. Es decir, un antiquísimo pez que es rémora de los tiburones. Los Chuchos nunca entendieron ni atendieron la acotación que AMLO siempre ha hecho: “soy peje, pero no lagarto”.

Si hubiesen sido previsores, o por lo menos curiosos, habrían ido al Diccionario de la Lengua Española de la RAE para entender su significado. Hay dos acepciones: “1. m. pez (‖ vertebrado acuático). 2. m. Hombre astuto, sagaz e industrioso”. 

Nunca alcanzaron a distinguir que trataban con el mayor tiburón de su especie, no con un pejelagarto.

Dicho de otro modo: hasta que la locomotora que jalaba al convoy, formado por vagones de toda índole, decidió cambiar de vía y construir una ruta propia, nueva, con vehículos ferroviarios de mayor calado y confiabilidad, fue posible el triunfo. Simplemente, su movimiento social, con cusas auténticas, se despojó de los obstáculos que dificultaban su avance. 

2) El tragabalas y el sicariato legislativo

La influencia y el poder del Cártel de los chuchos están tan disminuidos en la actualidad, que incluso ofrecen sus servicios como sicarios legislativos y mediáticos. Sin que exhiban el menor rubor, han sido contratados por quienes antes asesinaban a sus militantes o les robaban elecciones presidenciales. 

Peor todavía: el Cártel de los chuchos hoy recibe órdenes, y desde luego dinero, de esa oligarquía a la que hace años –cuando tenían congruencia y decencia—combatieron, incluso con las armas, sus actuales capos. 

El caso más ilustrativo es el del "tragabalas", como se conoce al chucho menor en los bajos fondos del hampa política. Este sonorense, de cuyo nombre no quiero acordarme, se acostumbró a la buena vida. 

Cambió ideología y activismo social por no tan discretos coloquios con los adversarios, en los que abundaban las bebidas alcohólicas de máxima calidad y puros de excelsa manufactura. El poder y la riqueza lo deslumbraron. Se sintió poderoso, influyente y hasta determinante. 

Y justo cuando él y su jefe, el chucho mayor, creían haber alcanzado el rango de "imprescindibles"...los resultados del 2018 les estallaron en la cara. El Peje los había derrotado una vez más. 

Esta vez, sin embargo, ya no habría retorno, como sucedió en 2009 en Iztapalapa, pues los chuchos quemaron sus naves con el antiguo líder y futuro presidente de la República desde 2012. Lo hicieron por soberbia, pero también por un pésimo cálculo político. En la despedida en el Zócalo, el tabasqueño les ofreció la mano y ellos se la escupieron. 

Por eso el Cártel de los chuchos entró en pánico con los resultados presidenciales de 2018. Se supieron vulnerables y a merced del vendaval. Por eso algunos de sus numerosos cómplices decidieron cambiar de bando, y otros, simplemente, pusieron pies en polvorosa, como decían los antiguos. 

3) La convención de capos

En plena debacle, el Cártel de los chuchos participó en una nueva convención mafiosa. La idea de los convocantes era que los capos de todas las organizaciones político-delincuenciales hicieran las paces, conservaran el poco territorio que aun les quedaba a cada una, e hicieran frente al enemigo común, aquel que había advertido públicamente que combatiría las estructuras criminales que todos ellos habían construido durante más de tres décadas de saqueo al erario. 

En esta ocasión, la convención de capos fue más discreta. La vez anterior se celebró en Los Pinos. Ahora, en Las Lomas.  El personaje que los convocó no era, desde luego, el jefe de la mafia política, sino solamente el consiglieri del capo de capos, que es el verdadero objetivo de la cruzada anticorrupción del presidente.

Aunque el padrino ya no despacha en su residencia de Bosque de Tlalpan, sino en el Reino Unido, sabe que está al alcance de la justicia y que próximamente irán tras él. La clave ha sido seguir la ruta del dinero. La suya y la de los suyos. Así que los chuchos y él, quizá compartan un futuro común como compañeros o vecinos de celda.

Algo más ha cambiado para lo que queda del Cártel de los chuchos: el trato que antes le dispensaban sus presuntos pares. 

Durante la época del Pacto por México, el Cártel de los Chuchos tenía asiento en la mesa de las discusiones. Incluso los capos de cuello blanco los invitaban a compartir el pan y los vinos en la mesa principal. Eso ya no ocurre, dada su disminuida capacidad de fuego. Hoy los reciben en la cocina y les piden que ingresen por la puerta trasera, acorde con su labor de servidumbre, y con la visión clasista de sus patrones.

4) La reforma energética y el neocolonialismo

Con la caída de Michoacán, el último de sus reductos, el Cártel de los chuchos quizá esté en un proceso acelerado de disolución. No sería extraño que su liderazgo bicéfalo tuviera un proceso penal en puerta, como el que ya se anticipa al ex gobernador de esa entidad. 

Los manejos financieros de los chuchos no aguantan un mínimo escrutinio. Lo sabe el coordinador de los diputados del cártel, que ha sido el responsable de las finanzas del grupo. Tampoco sería extraño, precisamente por los esqueletos que tienen en el clóset, que en la futura votación para la reforma constitucional en materia energética, acompañaran al PRI en su aval a Morena.

Pero sea cual fuere el sentido de sus votos, nada los puede redimir. No se puede obtener agua de las piedras. Mi desprecio absoluto a esa banda delincuencial.

Finalmente, a propósito del Bicentenario y de los impulsos neocoloniales --nativos e ibéricos--, es menester una acotación: si “peje” tiene el significado ya señalado por la Real Academia de la Lengua, ser “pejista”, entonces, es sinónimo de persona lista, astuta, sagaz y hábil. Para que el señor Aznar siga rebuznando.


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