La ejecución de Barbara Graham, 1955



-"No puedo creer que sólo tenga cuatro horas de vida. No lo puedo creer."-"Tal vez algo va a pasar", aseguró la directora. "Tal vez tengas una suspensión de la ejecución."-"Oh, por supuesto", respondió irónicamente Barbara. "Nunca tuve un respiro en mi vida, toda maldita y cree que voy a obtener uno ahora, de ninguna manera, señora. No hay casualidad en el infierno."

Lic. Héctor Rodríguez Espinoza Dossier Político

Dia de publicación: 2011-07-21


Impacto

A fines de los 50s, cursando la preparatoria, me dejó huella la película La mujer que no quería morir (I want to live, USA, 1953). Historia de la vida real, adapta las cartas de Barbara Graham y artículos del periodista ganador del Premio Pulitzer, Ed Montgomery. Por ella, Susan Hayward ganó un Oscar a la Mejor Actriz en la 31° Premios de la Academia en 1958.

Abrumado por el eterno tema de la pena de muerte y preparando un libro, la recordé, investigué y este drama no se pacifica en mi conciencia.    

De la cuna a la Cámara de gas 

Niña no deseada y hasta odiada por Hortense, su madre soltera; fruto de un hogar miserable y roto, de reformatorio en reformatorio, Barbara Graham, ya joven fue alegre y explosiva, con un gusto desmedido por la vida regalada: bonitos trajes, hombres guapos y fiestas interminables llenan una "agenda" cuya cobertura económica requiere el recurso constante a la pillería y, llegado el caso, la delincuencia menor: estafas, cheques sin fondos, fruslerías y visitas a hoteles enrejados. Deviene en drogadicta y convicta de perjurio. No obstante, y tras una fachada de insolencia y descaro, alberga, en su fondo, un íntimo deseo, llevar una vida sosegada y hogareña: encontrar a un hombre bueno que la retire del desenfreno continuo y fundar una familia tranquila y feliz. Vagó por Oakland, San Diego, Reno, San Francisco, Los Angeles, …Parecía que sus deseos podrían ser realidad: Babs se casa por tecera vez, tiene un hijo, Henry, pero las cosas empiezan a torcerse; su marido, adicto a las apuestas y drogas, arruina su economía doméstica cada vez más precaria, y, pese a la presencia del pequeño Henry, ella decide volver a las andadas, con una banda de delincuentes habituales, dando cobertura a sus variados golpes y obteniendo pingües ingresos. 

Crimen y castigo 

Los acontecimientos toman un cariz funesto cuando del último golpe resulta el asesinato de la anciana Mabel Monahan: aunque Barbara piensa que, una vez más, saldrá bien librada de su encuentro con la justicia, su altanería y despreocupación, unida a la hostilidad interesada de una prensa ávida de morbo, terminará por llevarla a su tragedia.

Algunos miembros de la banda fueron arrestados y su presunto cómplice John True llegó a un acuerdo para convertirse en un testigo del Estado a cambio de inmunidad judicial. En el tribunal, testificó contra Graham, que continuamente protestó y alegó su inocencia; dañó a su defensa cuando se demostró que le ofreció a otro recluso 25.000 dólares para contratar a un amigo con el fin de proporcionar una coartada. El preso trabajaba para un policía para reducir su sentencia por homicidio vehicular. El funcionario ofreció a posar como el "novio" de Graham la noche del asesinato, si admitía que lo que estaba realmente en la escena del crimen. El oficial grabó la conversación. Este intento de soborno, su perjurio y la confesión de que estaba en el lugar, destruyó su credibilidad en el tribunal. Cuando se le preguntó por sus dichos en el juicio, dijo, "Oh, ¿alguna vez has estado tan desesperada? ¿Sabes lo que significa no saber qué hacer?"

Graham, 30, Santo, 54 y Perkins, 47 (coautores)  fueron condenados a muerte. Graham apeló mientras permanecía en prisión, perdió y fue trasladada a la espera de ejecución en la prisión estatal de San Quintín, en la Cámara de gas, a las 11.28/11.42  hrs del 3 de junio de 1955.

Funeral

Barbara Graham fue velada a las 9:15 hrs. en la mañana del Segundo después de su ejecución, en un pequeño y privado cuarto en el Keaton Mortuary. Fue depositada en un oscuro casquete de cesped, muy plano, sin adornos, excepto por un ramo de rosas rojas encima.

El Padre McAlister, capellán de San Quentin, expresó un breve, más o menos genérico sermón que tendría aplicación a cualquiera. Henry Graham, quien había manejado desde Los Angeles, quebró su ánimo triste. El pequeño Tommy no estuvo ahí.

Sentados a su alrededor, también llorando, pero en voz baja y más contenida, había tres “gaviotas” (amigas de la juventud de vida alegre) de los viejos tiempos de vuelta en Oakland, que la habían conocido desde que tenía 12 años de edad. "Bonnie -eso es lo que siempre se la llamó, dijo una de ellas- fue siempre tan sola y mezclada. Nadie la amaba, ni su propia madre a quien nunca le importó nada de ella, pero que siempre la molestaba mucho, no podía entender por qué su madre no podía darle ni siquiera su amor".

"Sé que hizo un montón de cosas que estaban mal y en contra de la ley", dijo otra, "pero nunca voy a creer que ella era culpable de este crimen".

Estas mujeres jóvenes aún vivían en el área de Oakland. Nunca lo habían hecho muy arriba en la escala social o económica, pero no habían terminado en “el corredor de la muerte”, tampoco. Es probable que contaran sus respectivas bendiciones en ese día.

Durante el cortejo fúnebre en el cemenerio Monte de los Olivos, en las afueras de la ciudad, Henry Graham tristemente se preguntaba qué iba a decirle a Tommy. "Lo llevé mucho a su visita cuando estaba en la prisión de Corona", dijo. "Él siempre esperaba las visitas tanto. Ahora no sé lo qué voy a decirle. Tal vez sólo se puede decir que mamá se mudó a algún lugar que está demasiado lejos para visitar."

El servicio final del padre  McAlister junto a la tumba fue, pues, muy breve, y después todo había terminado.

"Bueno, por fin en paz", dijo Henry Graham cuando se alejaba de su tumba. 

Película y acriz premiadas 

El film es la enésima visitación de la historia de la mujer marcada, incapaz de huir de un destino que se le impone, la arrolla y ahoga cualquier posibilidad de redención. La propuesta es una historia con componentes no excesivamente originales, pero con eficiencia y buen hacer por su director, Robert Wise.

Los medios de comunicación y su avidez morbosa 

Aunque la omnipresencia de su personaje principal, “Babs” Graham, sitúa en una posición destacada el que constituye su leit-motiv (la víctima de su sino), no es ése el único tema, sino que hay muchs más que dotan al film de una consistencia elevada: el papel que juegan los medios de comunicación y su avidez morbosa por llevar a su público esa carnaza de la que se alimenta su rueca imparable (estamos en las postrimerías de los años 50, para pasmo de todos los que podemos contemplar, a fecha actual, cómo suelen correr esas turbias aguas: ha variado el volumen, pero no la esencia...), y, especialmente, por la ominosa presencia que adquiere en su tramo final, el de la pena de muerte y sus implicaciones morales y existenciales.

La mezcla de todo ello requiere, como condición indispensable para conseguir que el resultado final no se convierta en una capirotada de retazos inconexos, un equilibrio narrativo y un sentido del ritmo correctos. Wise demuestra buen pulso y dotes técnicas más que suficientes; la historia se desarrolla con brío e interés, y cada aspecto consigue su relieve sin ensombrecer al resto y sin generar confusión.

Excelente el trabajo de Susan Hayward, dota a su personaje de los componentes emocionales y de carácter que exige: el descaro e insolencia como armas defensivas, bajo las que subyace un fondo de bondad que se esfuma ante los señuelos de la vida regalada por la que prefiere deslizarse, incapaz de sobreponerse a la fatalidad que terminó engulléndola. En el tramo más complicado, previo a la ejecución, en el querer vivir, en el no querer morir, radica el mayor de sus méritos.

En definitiva, Quiero vivir constituye una excelente muestra de film-noir, que, basado en un hecho real, se nos ofrece trufado de elementos complementarios en el orden temático y magníficamente rodado, con buen cuidado de sus aspectos formales y accesorios –excelente fotografía y magnífica la banda sonora musical (no cabía esperar menos con la autoría de Wise, todo un maestro de ese género)-, y en el cual, sobre el fastuoso trabajo interpretativo de su actriz principal, se termina erigiendo, amén de la sempiterna historia de la mujer marcada, todo un alegato –con la mera plasmación de su ominosa realidad, sin mayores aditamentos de exacerbación dramática- contra la pena de muerte. Para los convencidos de la justicia de la causa, ya es motivo más que suficiente para acercarse a ella con enorme interés.

La vida de Barbara Graham, su proceso judicial -la investigación policíaca, la acusación del fiscal, el papel de la defensa, las decisiones del Jurado popular que la condenó, la de la Corte de Apelaciones que la confirmó y la de la Corte suprema de EEUU que le negó el amparo-, hasta su ejecución en la nazi Cámara de gas, han sido materia de libros, ensayos periodísticos (el veterano y premiado Clark Howard, “The TRUE Story of Barbara Graham by Clark HowardLa verdadera historia de Barbara Graham”) y universitarios. 

Mi pregunta de siempre 

¿Tuvo, Barbara Graham, una defensa pública adecuada que aportase más allá de toda una duda razonable sobre su culpabilidad (como sí la tuvieron, por ejemplo, O.J. Simpson y Casey Anthony?)  

Tengo para mí que, cometido un crimen, el sistema judicial de USA funciona, desde la entonces impune intervención policíaca, hasta el patíbulo (dependiendo de si se es rico o pobre), pero ¿funciona su sistema social y cultural para prevenirlo?

¡Otra paradoja hollywoodesca: sin olvidar la muerte de la víctima Mabel Monoham, estamos frente a un posterior drama más, de una paria aborrecida por su propia madre, arrojada a malas compañías, incapaz de formar un hogar feliz, engañada y traicionada hasta en la misma prisión, víctima de la impiedad del sistemam judicial norteamericano -y de un jurado popular que no pensó en el destino de su hijo de tres años de edad-, tragedia convertida en un éxito artístico e industrial que su infame suerte inspiró!


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