En el París de Don Porfirio*



Ahí estaba Monparnasse, un cementerio cuadrado y rutinario, acostumbrado a preservar con naturalidad la fama de muertos ilustres o anónimos. Una mueca de gusto y rara satisfacción percibí en mi cara cuando confirmé que, en efecto, yacía ahí un mexicano. Había dado con él, don Porfirio Díaz ya no sería jamás aquel rostro en sepia de mi primer libro de historia...

Manuel Murrieta Orbispress.com

Dia de publicación: 2010-10-05


I

Ya no aquella foto en sepia

PARÍS, FRANCIA.- Recuerdo unas gráficas que muestran a don Porfirio Díaz abordando en Veracruz el buque alemán Ipiranga rumbo a su exilio a Francia.  Otras más muestran su caminar pomposo en París, con cara férrea mientras disfruta las calzadas, jardines y parques que tanto le sedujeron.

Sin embargo, cuando escucho el chorrear de fuentecitas, aprecio las estatuas marmóreas y miro  las bancas y quizá los mismos árboles respirados por Díaz en el Jardín de las Tullerías, sufro una desmitificación de impacto: esas fotos porfirianas de principios del siglo XX muestran este mismo ambiente donde ahora retozo, pero surgía más glamoroso y ensoñador, como de blanco sueño aristocrático.  En cambio, mi caminar revela un jardín democrático sin tanto misterio, más mundano, más usado, más discretamente decorado de graffiti. 

Entonces, al calor de aquello y del tullido de las Tullerías, me pregunté qué habría sido de don Porfirio, “don porfis“, como le decía mi abuela. Mi curiosidad, en consecuencia, no supo con exactitud hacia dónde dirigirse para ser testigo del destino final de quien alguna vez se creyó eterno. ¿En qué habría acabado nuestro dictador favorito? Fiel a esta angustia de mexicano en París, quise seguir la ruta hasta su lápida, mausoleo o lo que fuese pero no contaba con ningún referente que sirviera de guía. Localizar entonces el paradero de sus huesos no fue una obsesión, sino un asunto que se fue acrecentando al paso de los días, contrario a la indiferencia que le había mostrado desde mi llegada. En el fondo, con el orgullo del turista que marca territorios y del cronista que conquista con la mirada, quería tomarle unas fotos, suplir mi vacío de historia, llevar esa imagen como trofeo para provocar nuevas pláticas; o bien utilizarla en algún proyecto editorial, enmarcarla como presencia mexicana en Francia, muestra de que cuando se deja la patria cualquier alusión a ella resulta cariñosa, aun la de un dictador. Una fotografía, una sola, porque nunca se sabe cuál es su paradero una vez que agota su primera capacidad de asombro.

Pero la visita a la tumba porfirista se posponía constantemente debido a los infinitos atractivos mucho más importantes que ofrece París, esos que la hacen centro del universo para muchos dispuestos a morir en ella. Era más gratificante visitar por tercera vez el Louvre, encantarse con la Mona Lisa y la Venus de Milo, rodear por cuarta vez la torre Eiffel o mojarse en la lluvia haciendo cola para entrar a los “picasos” de Picasso en su museo.  Al agotarse las opciones, el recuerdo del dictador causante de la revolución se volvía cada vez más insistente a grado tal de querer organizar un recorrido especial para encontrarlo. Así fue que descubrí que París es de varios cementerios de figuras ilustres que ofrecen sus restos como un tributo a la urbe que les dio placeres, conocimientos, fama y fortunas: Víctor Hugo y Emilio Zolá están en un panteón, Jim Morrison en otro y don Porfirio en otro más, junto con ¡Julio Cortázar y Jean Paul Sarte!, muestra de que la muerte uniformiza por más que contrasten sus existencias.

Hasta que una mañana helada partí desde la callecita Cinq Diamants a la búsqueda de los restos dictatoriales, cuando la capital francesa agotaba las típicas sorpresas para viajeros de escaso presupuesto pero de estancia más larga que un tour de agencia de viajes. La salida despertó energías movilizando los pies, mapas en mano, hasta localizar el aposento de la muerte en una zona improbable: un sector urbano de centros comerciales, obscuros rascacielos, callejuelas con pintores en plena faena. Ahí, incrustado como un intruso de los siglos, estaba Monparnasse, un cementerio cuadrado y rutinario, acostumbrado a preservar con naturalidad la fama de muertos ilustres o anónimos. Una mueca de gusto y rara satisfacción percibí en mi cara cuando confirmé que, en efecto, yacía ahí un mexicano. Había dado con él, don Porfirio ya no sería jamás aquel rostro en sepia de mi primer libro de historia...

II

Contagios del Dictador

Un vigilante policíaco me extendió gratuitamente un mapa necrófilo a la entrada del cementerio de Montparnasse. Ahí se señalaban los nombres y los puntos exactos de las tumbas de muchas  luminarias cuyos restos luchan aún contra los siglos para lograr posteridad como lo hacen sus obras o sus hecho históricos.  Cada vez era más real la posibilidad de inspeccionar en directo cómo la fama acaba ahí, en un panteón, en este caso uno pequeño, rodeado de la calma de un día parisino sin nublazón ni lluvia pero con un profundo frío amable. 

Montparnasse era de fácil recorrido debido a su simetría cuadrada, dividido en dos rectángulos, sin tantos recovecos medievales, ni vegetación devorando restos, ni árboles invadiendo lápidas o mausoleos.  Se recorría tan fácil como la zona urbana que lo circunda.  En tanto, yo seguía sonriendo, no por morboso ni por irreverente, sino porque simplemente captaba que andar ahí, entre tanto trascendido convertido en esqueleto, era la misma sensación desmitificante que cuando se observa la realidad del Arco del Triunfo o la torre Eiffel sin foto o sin televisión.  De nuevo, iba a ser testigo de reliquias que se habían anidado en mi memoria a través de terceros y a enormes distancias.  Así, como un punto rojo hipnotizante, se señalaba la tumba de Porfirio Díaz en el croquis de los muertos.  Por supuesto, la emoción no surgía ni remotamente por tener alguna admiración por este tirano hecho polvo, sino porque sentía cada vez más cerca la presencia de México, un aire de leyenda aristocrática ajena a mí que se posaba en París. 

En mi atracción hacia los vestigios de Díaz, localizados al final del pasadillo que inicia a la derecha de la entrada, no me conmovió demasiado pasar frente a las tumbas amorosas, por estar como acostados en la misma cama, de Simone de Bovaire y Jean Paul Sartre, con sus letras doradas y lustrosas.  En un vistazo, en unas zancadas y gracias a la eficiencia del mapa y a la perfección cuadriculada del terreno, estaba ya en el aposento de don Porfirio dejándose apreciar, así, en solitario, todo para mí.  Solamente Díaz y yo, soportando el remolino de la historia, nadie en París lo recordaba ese día, como si una venganza se ciñera sobre él perpetrada por la misma sociedad que admiró pero que ahora le brindaba indiferencia.  Los de ahora eran otros parisinos, nuevas generaciones de plebeyos lo tenían bien sepultado, como lo señalaba detrás de su tumba el rascacielos que se eleva feliz rumbo al siglo XXI. 

Entonces frente él meditaba coherencias o disparates: ¿Cuántos revueltas, odios colectivos, Porfirio, cometiste? ¿Cuántos por ti supimos por vez primera lo que es un dictador?…y acabar tan dócil, tan domado, sin que te ayudaran tus 30 años de poder bajo el pretexto del orden y el progreso.  He aquí entonces la democracia, esa que tanto rechazaste, la democracia de la muerte que todo lo iguala echándolo al olvido.  Pero tu capillita de granito humedecido, con su arco central a cuyos lados luce tu nombre esculpido en bajo relieve, en realidad conmueven, como la puerta de metal encadenada, esa banderita mexicana tan fresca como flor en florería.  Y tu esposa ahí adentro, en fotografía junto a ti a caballo, protegidos por la Guadalupana,  todo esto hace que uno acabe enternecido, no por ti, sino por las nostalgias de patria que presentas tan poderosamente como la soledad que te rodea.  Esa es la atracción que ejerces, general muerto, ahora dominado y a nuestros pies, imagen bivalente que produce mutaciones: un desconocido mexicano de nombre Pascual Leos Peña, garabateó en tu mausoleo: “Don Porfirio: México le quiere lo admira y lo respeta” y luego firmó dando más datos: “San Luís Potosí, México. 1994".  Fue entonces que te dejé, Porfirio, antes de que sufriera cualquier leve contagio… hice uso del cosmopolitismo que me quedaba y fui mejor a rendir tributo a los distinguidos vecinos que te rodean con sus huesos y que han formado, o deformado, al mundo con sus creaciones o desgracias.

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*Del libro: La grandeza del azar: eurocrónicas desde París. Más información en:
http://www.orbispress.com/imagenes/realidad/grandeza-azar.htm

Comentarios: manuelmurrieta@orbispress.com


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