Gabo, una vida



Gerald Martin ha completado una biografía monumental: Gabriel García Márquez. Una vida (Debate).Publicamos el pasaje titulado “Hambre en París: La Bohème”, que relata los días de escritura de El coronel no tiene quien le escriba en medio de dos compañías abrumadoras: la escasez y el amor

Tomado de: Nexos

Dia de publicación: 2009-10-01


Por Gerarld Martin

Quién sabe lo que Gabriel García Márquez buscaba al tomar rumbo hacia la capital francesa en diciembre de 1955. Cualquiera que lo conociese habría imaginado que el colombiano costeño se sentiría más a gusto en Italia —tanto social como culturalmente— que en el país situado al norte, un lugar más frío y pagado de sí mismo, más crítico y cartesiano. Desde el principio, su actitud hacia Europa en general era que el Viejo Continente poco podía enseñarle que no hubiera aprendido ya en los libros o en los noticiarios cinematográficos; casi parecía que había venido para asistir a su putrefacción: el olor a col hervida, se diría, en lugar de la fragancia de la guayaba tropical que siempre fue tan cara a su corazón y a sus sentidos. Pero, después de todo, estaba en París.1

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Del hostal de la Alliance Française se trasladó a un hotel barato conocido entre los viajeros latinoamericanos, el Hôtel de Flandre, en el número 16 de la rue Cujas del Barrio Latino, regentado por unos tales monsieur y madame Lacroix. Justo enfrente estaba el Grand Hôtel Saint-Michel, más opulento, otro predilecto de los latinoamericanos. Uno de sus huéspedes fue el influyente poeta afrocubano y miembro del Partido Comunista Nicolás Guillén, que residió allí largo tiempo y era uno de los muchos escritores latinoamericanos en el exilio durante aquella época de dictadores —Odría en Perú (1948-1956), Somoza en Nicaragua (1936-1956), Castillo Armas en Guatemala (1954-1957), Trujillo en la República Dominicana (1930-1961), Batista en Cuba (1952-1958), Pérez Jiménez en Venezuela (1952-1958), e incluso Rojas Pinilla en Colombia (1953-1957). Toda la zona está bajo la ascendencia cultural de la Sorbona, a escasa distancia de allí, aunque la inquietante mole del Panteón es la obra arquitectónica más imponente de las inmediaciones.

García Márquez se puso enseguida en contacto con Plinio Apuleyo Mendoza, a quien había conocido fugazmente en Bogotá antes del alzamiento popular de 1948. Mendoza hijo, aquel joven serio y algo pretencioso cuya visión del mundo había quedado hecha añicos por la derrota política de su padre y el exilio subsiguiente tras el asesinato de Gaitán, se inclinó hacia el socialismo radical e iba camino de convertirse en un compañero de viaje del movimiento comunista internacional. Había tenido noticia de la publicación de La hojarasca de García Márquez por la prensa de Bogotá, y “su aspecto y el título del libro me hicieron pensar que era un mal novelista”. El día de Nochebuena de 1955 estaba en el bar La Chope Parisienne, en el Barrio Latino, con dos amigos colombianos, cuando un García Márquez embozado en un abrigo de lana gruesa para combatir el frío de aquella tarde de invierno hizo su entrada en el local. En el transcurso de su primera conversación sobre literatura, vida y periodismo, a Mendoza y a sus amigos el recién llegado les pareció arrogante y engreído, como si los dieciocho meses que acababa de pasar en Bogotá lo hubieran convertido en un típico cachaco. Aseguraba que no creía que Europa fuera nada del otro mundo. De hecho, daba la impresión de que tan sólo le interesaba su propia persona. Ya había publicado una novela y únicamente se animó cuando empezó a hablar de la segunda que tenía en proyecto.

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Quiso la casualidad, sin embargo, que García Márquez acabara de encontrar en Plinio Mendoza a su mejor amigo en el futuro, aunque en modo alguno el más constante. Puesto que acabaría por conocer a García Márquez mejor que cualquiera y se sentía menos obligado que otros, a los que movían consideraciones convencionales acerca de la discreción y el buen gusto, se convertiría, aunque parezca irónico, en uno de los testigos más fiables de la vida y la evolución de García Márquez. A pesar de que la primera impresión fue negativa, Mendoza invitó al recién llegado a la cena de Navidad que daban Hernán Vieco, un arquitecto colombiano de Antioquia, y su esposa norteamericana de ojos azules, en su apartamento de la rue Guénégaud, con vistas al Sena. Los invitados, emigrados y exiliados colombianos, comieron cerdo asado y ensalada de endivias, regado todo con grandes cantidades de vino tinto de Burdeos, y García Márquez cogió una guitarra y cantó vallenatos de su amigo Escalona. Así mejoraron las primeras impresiones que sus compatriotas se habían hecho de él, si bien la anfitriona se quejó a Plinio de que el recién llegado era “un tipo horrible” que no sólo parecía engreído, sino que apagaba los cigarrillos con la suela del zapato. Tres días después, los dos hombres volvieron a encontrarse, tras la primera nevada del invierno, y García Márquez, hijo del trópico, bailó a lo largo del boulevard Saint-Michel y la place du Luxembourg. La reserva de Mendoza se fundió como los copos de nieve que resplandecían en el paño grueso y áspero del abrigo de García Márquez.

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Pasaron juntos buena parte de los meses de enero y febrero de 1956, antes de que Mendoza volviese a Caracas, donde residía casi toda su familia. Aquellas primeras semanas, los dos nuevos amigos frecuentaron los lugares preferidos de Mendoza en los alrededores de la Sorbona, el café Capoulade de la rue Soufflot, o L’Acropole, un restaurante griego barato y animado al final de la rue de l’École de Médecine. Si algunos conocidos han descrito al García Márquez de la época, tal vez con escasa caridad, como un hombre poco atractivo, Plinio Mendoza era así o más. Por añadidura, pocos colombianos reaccionan con indiferencia al oír su nombre —en toda Colombia se le conoce sencillamente por “Plinio”, del mismo modo que García Márquez es “Gabo”—. Muchos lo consideran taimado, presuntamente un típico producto de las tierras altas de su Boyacá natal; sin embargo, nadie niega su calidad como periodista y polemista. Impredecible lo es, y sentimental; pero también es un hombre divertido, que sabe reírse de sí mismo (y de verdad, lo cual es un don sumamente raro), entusiasta y generoso.

Al final de la primera semana de enero, los dos amigos estaban en un café en la rue des Écoles leyendo Le Monde cuando tuvieron conocimiento de que Rojas Pinilla había ordenado al fin el cierre de El Espectador por medio de una cínica combinación de censura e intimidación directa (El Tiempo llevaba ya cinco meses cerrado). Mendoza recuerda que García Márquez restó trascendencia al suceso: “ ‘No es grave’, dijo, exactamente como dicen los toreros después de una cornada. Pero sí lo era”.

El periódico había sido sancionado con una multa de seiscientos mil pesos aquel mismo mes; ahora cerró sus puertas del todo. Los cheques de García Márquez dejaron de llegar, y a principios de febrero ya no podía pagarse la habitación del Hôtel de Flandre. Madame Lacroix, un alma caritativa, le permitió atrasar sus pagos. Según una de las versiones del propio García Márquez, la señora lo trasladaba a plantas cada vez más altas del edificio, hasta que por último acabó en una buhardilla sin calefacción del séptimo piso y ella fingió olvidarse de él.2 Allí lo encontrarían sus amigos escribiendo, con los guantes y el gorro de lana puestos, embozado en una ruana.

García Márquez ya vivía en una apurada situación económica antes de enterarse de la mala noticia acerca de El Espectador, y a Mendoza le sorprendieron las escasas posesiones que había traído consigo de Colombia. Mendoza le presentó a Nicolás Guillén y a otro activista comunista, el acaudalado novelista y hombre de prensa Miguel Otero Silva, quien en 1943 había fundado junto a su padre El Nacional, el influyente periódico caraqueño. Se encontraron por azar en un bar de la rue Cujas los días previos a que Mendoza se marchara a Venezuela, y Otero Silva los invitó a comer en la conocida brasería Au Pied de Cochon, junto al mercado de Les Halles. Años después, cuando se hicieran amigos, Otero Silva no se acordaría del colombiano pálido y extremadamente delgado que con tanta avidez escuchaba el diagnóstico comunista de la situación en Francia y América Latina mientras engullía a su antojo aquella comida providencial. Otero Silva y Guillén acababan de enterarse de la asombrosa denuncia que Kruschev hiciera de Stalin y el culto a la personalidad cuando el XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética tocaba ya a su fin, el 25 de febrero; estaban consternados ante la política de coexistencia que acababa de decretarse y que consideraban derrotista, y especulaban con ansiedad acerca del futuro del movimiento comunista internacional.3 Guillén protagonizaría una de las anécdotas favoritas de García Márquez del periodo parisino:

Eso fue cuando Perón gobernaba en Argentina, Odría en el Perú y Rojas Pinilla en mi país, eran los tiempos de Somoza, de Batista, Trujillo, de Pérez Jiménez, de Stroessner; bueno, América Latina estaba pavimentada de dictadores, tanto que he contado muchas veces cómo Nicolás Guillén se levantaba a las cinco de la mañana y mientras leía los periódicos tomando su café; después abría la ventana y comenzaba a hablar en voz alta para que lo oyeran en los dos hoteles, llenos de latinoamericanos, y contaba las noticias como si fuera en un patio de Camagüey. Un día Nicolás abrió la ventana y dijo: “Se cayó el hombre”, y cada cual pensó que era el suyo: los argentinos, los paraguayos, los dominicanos, los peruanos. ¡Se cayó el hombre! Yo lo oí y pensé: “Se cayó Rojas Pinilla”. Después supe, por el propio Nicolás, que el grito había sido por Perón.

El 15 de febrero de 1956 se había presentado un nuevo periódico, El Independiente, como sustituto directo de El Espectador, seis semanas después del cierre de su predecesor. Durante dos meses lo editó el ex presidente liberal Alberto Lleras Camargo, quien fuera también antiguo secretario de la Organización de los Estados Americanos. García Márquez, tras unas semanas muy difíciles y de gran preocupación, dejó escapar un suspiro de alivio; y cuando Plinio Mendoza se marchó a Caracas a finales de aquel mes, se fue con la satisfacción de ver a su amigo de nuevo en pie y con cierta seguridad económica. El primer artículo de García Márquez en poco menos de tres meses apareció en el nuevo periódico el 18 de marzo. Envió un reportaje en diecisiete entregas —casi cien páginas cuando se reeditó para formar parte de un libro— acerca del juicio a los acusados del reciente escándalo de espionaje en el que se habían trasvasado secretos de Estado del gobierno francés a los comunistas durante los últimos meses del dominio francés en Vietnam. Así que el 12 de marzo de 1956 El Independiente anunció en primera página: “Corresponsal especial de El Independiente viaja a documentarse sobre el proceso más sensacional del siglo”. (No es de extrañar que más adelante García Márquez adquiriera fama de hiperbólico.) Irónicamente, sin embargo, y a pesar del esfuerzo que invirtió en la serie, el cierre de El Independiente el 15 de abril impidió que García Márquez llegara a relatar el momento álgido del juicio, lo que trajo consigo la frustración de sus lectores al final de lo que no fue, en ningún caso, el más interesante de sus reportajes, ni tampoco el más logrado. Una vez más, sin embargo, aun sin saberlo, García Márquez había entablado contacto, a distancia, con alguien que ocuparía un lugar destacado en su vida posterior. La estrella del proceso judicial era el ex ministro de Interior y entonces ministro de Justicia François Mitterrand: “[U]n hombre joven, rubio, vestido con un traje azul claro, que le da a la sesión un ligero toque de audiencia cinematográfica”. El propio Mitterrand estaba bajo sospecha en el caso a causa de su conocida oposición a la guerra de Vietnam. Por ahora, sin embargo, Mitterrand y el resto de los personajes de la sala de vistas entorpecían la nueva novela de García Márquez.

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Podía oír las campanadas del reloj de la Sorbona desde su buhardilla. Mientras escribía, Mercedes Barcha, la prometida a la que apenas conocía, lo contemplaba desde la fotografía enmarcada encima de la mesilla de noche. Plinio Mendoza recuerda la primera vez que subió a la habitación de su amigo: “Me acerco a la pared, para contemplar la fotografía de su novia... una muchacha de largos cabellos negros y ojos rasgados y tranquilos. ‘El cocodrilo sagrado’, dice”. Desde que García Márquez llegó a Europa, Mercedes había empezado a enviarle cartas al menos dos, aunque a menudo tres, veces por semana. Él le respondía con la misma asiduidad. Por lo común le hacía llegar las cartas a través de sus padres; su hermano Jaime, de entonces quince años, recuerda habérselas llevado a Mercedes en Barranquilla de vez en cuando.

La nueva novela se inspiraba en el pueblo ribereño remoto donde Mercedes y él se habían conocido, aunque el libro no encerraba nada romántico. Finalmente se titularía La mala hora. A pesar de que no había modo de saberlo, esta novela malhadada no se publicaría hasta 1962. No era un libro acerca de la época en la que las familias García Márquez y Barcha Pardo habían vivido en proximidad en aquella pequeña comunidad, sino que estaba ambientada unos años más tarde, en un periodo contemporáneo a su composición, y se centraba en las repercusiones locales de la Violencia. Y esto era así porque la Violencia dominaba los pensamientos de todos los colombianos, estuvieran dentro o fuera del país —él mismo era una vez más víctima indirecta de ella—, y el periodismo que había cultivado recientemente, antes de marcharse de Bogotá, había agudizado sus posicionamientos contrarios al gobierno.

El pueblo de la novela de García Márquez está basado en Sucre desde una perspectiva casi cinemática. De hecho, los detalles topográficos son tan exactos que el lector prácticamente podría trazar el mapa de un lugar donde toda la atención se centra en el río, el embarcadero de madera, la plaza principal y las casas que la flanquean. Sucre sería escenario de algunas novelas breves e inquietantes que García Márquez compondría con el curso de los años: La mala hora, El coronel no tiene quien le escriba y Crónica de una muerte anunciada. Todas serían expresiones directas de su destino violento.

Transcurriría mucho tiempo antes de que alguien empezara siquiera a perfilar la identidad de esta pequeña comunidad ribereña; en realidad, la mayoría de los lectores han seguido tratando de reconciliarla en vano con las descripciones y el ambiente, tan distinto, de Macondo-Aracataca. En años venideros, ni siquiera el propio García Márquez se referiría a Sucre por su nombre en las entrevistas que le hicieran, del mismo modo que era raro que mencionara a su padre; ambos hechos son, a buen seguro, indisociables. En una ocasión comentó: “Es una aldea en la que no hay ninguna magia. Es por eso que al escribir sobre ella hago siempre una literatura periodística”. Sin embargo, el lugar real que cifra, por así decirlo, su apuesta por el realismo crítico —en contra de su padre y del conservadurismo colombiano— y que lo inspira a crear personajes sufrientes con ecos de los que aparecen en Umberto D. o en El ladrón de bicicletas de De Sica, el Sucre verdadero no era, desde un punto de vista social, muy distinto de Aracataca; de hecho, como atestiguan casi con unanimidad sus hermanos, es en muchos sentidos un lugar mucho más exótico y romántico.

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Mágico, como siempre, según el cristal con que se mire. La diferencia es que cuando Gabito había vivido en Sucre, su experiencia no había sido ya la de un niño menor de diez años, como había ocurrido en Aracataca; tampoco vivía ya con su abuelo el coronel, al que tanto quería; y, en cualquier caso, no puede decirse que viviera allí plenamente, porque lo mandaron a estudiar (y aunque era un privilegio que lo enviaran a la escuela, sin duda en ese momento lo interpretó como una expulsión más de la familia). Además, había vivido en Aracataca tras un emocionante auge económico; el periodo de Sucre, en cambio, fue testigo del comienzo de la Violencia.

Cuando se publicó La hojarasca, justo antes de que dejara Bogotá para irse a Europa, los amigos comunistas de García Márquez habían comentado que, aunque se trataba de un libro excelente —por descontado—, la obra adolecía, a su gusto, de un exceso de mito y poesía. García Márquez confesaría tanto a Mario Vargas Llosa como a Plinio Mendoza —quien por entonces estaba de acuerdo con la crítica comunista— que había desarrollado un complejo de culpa porque La hojarasca era una novela “que no denuncia, que no desenmascara nada”. En otras palabras, la obra no se ajustaba a la concepción comunista de una literatura socialmente comprometida que denunciara la represión capitalista e imaginara un futuro socialista mejor. En realidad, para la mayoría de comunistas, la forma de toda novela era en sí misma un vehículo burgués; el cine era el único medio genuinamente popular del siglo XX.

Aunque La mala hora es una obra política entendida como exposé, García Márquez no deja de ser un narrador sutil y sigue abordando desde una perspectiva oblicua la crítica política e ideológica. Sin ir más lejos, ni siquiera especifica que el régimen que lleva a cabo las acciones represivas que describe sea un gobierno conservador, aunque por supuesto sería un dato evidente para cualquier lector colombiano. Y a pesar del hecho de que decenas de miles de personas fueran asesinadas cada año por la policía, el ejército y los grupos paramilitares durante el periodo en cuestión, muchas de ellas por los métodos más atroces y sádicos que quepa imaginar, en esta novela tan sólo hay dos muertes: un “crimen de honor” civil que anticipa el incidente central de la posterior Crónica de una muerte anunciada, y un crimen de motivación política, como era de esperar, por obra del gobierno (aunque a primera vista más parezca obedecer a la incompetencia que a un plan previo). De hecho, la intención de la novela es demostrar, sin exponerlo tan a las claras, que la jerarquía del poder representada en el libro da lugar, de forma inevitable y reiterada, a esta clase de acciones represivas: lisa y llanamente, el alcalde está obligado a matar a algunos de sus oponentes si pretende sobrevivir.

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Esta concepción sorprendentemente desapasionada de la naturaleza del poder lleva al novelista a trascender con mucho el deseo de moralizar o dedicarse a la propaganda simplista; como es natural, deplora la mentalidad conservadora, pero nunca actúa de cara a la galería. En su autobiografía, García Márquez afirmaría que la figura del alcalde estaba inspirada en el marido de su amante negra, la “Nigromanta”; sin embargo existe una explicación anterior, que recuerda Germán Vargas: “El alcalde de La mala hora tiene una base real. Era de un pueblo de Sucre. Dice García Márquez que era pariente de Mercedes, su mujer. Y que era un verdadero criminal. Quería matar al papá de Mercedes y éste siempre andaba armado de pistola. A veces, para molestarla, García Márquez le recuerda que el tipo era de su familia”.

A pesar de todos sus empeños, la novela se negaba porfiadamente a tomar vuelo, y empezó a escapársele de las manos. Perdido en el momento más deprimente de Colombia y, desde luego, debatiéndose sin un rumbo claro en el mundo desencantado que trataba de recrear, García Márquez salía cada vez menos por París a medida que el invierno daba paso a la primavera, aunque ocasionalmente siguiera sumergiéndose en la vida mundana. También Francia, en pleno estancamiento de la Cuarta República, se hallaba abatida. Pierre Mendès-France, el utopista que presidía el Consejo de Estado y que se hizo célebre por haber intentado que los franceses bebieran leche en lugar de vino, hacía poco que lo habían obligado a abandonar el poder. Lo sustituyó Edgar Faure, aunque no por mucho tiempo. Francia había salido derrotada de Vietnam y seguía luchando en Argelia. Sin embargo, aunque entonces nadie lo advertía, París se hallaba en uno de sus momentos más evocadores, el último periodo antes de que la modernidad de la Comunidad Europea iniciase en los años sesenta su inexorable paso del gris azulado de las volutas de humo al gris plateado de la era espacial. García Márquez comía sobre todo en restaurantes de estudiantes, como el Capoulade y el Acropole; y en tanto que la mayoría de los demás latinoamericanos sentían la necesidad de pasear por la Sorbona o el Louvre ocasionalmente para elevar el espíritu, así como para ver a gente como ellos en aquellos espejos dorados parisinos, él, como de costumbre, pasaba los días en la universidad de las calles.

Entonces, de improviso, se produjo un cambio repentino en su vida. Una noche de marzo en que había salido con un periodista portugués que también cubría el juicio del espionaje francés para un periódico brasileño, conoció, por el más puro azar, a una mujer. Era una actriz española de veintiséis años que se hacía llamar Tachia y estaba a punto de dar un recital de poesía. Casi cuarenta años después recordaría que Gabriel, como siempre le llamaría, se negó a asistir al evento: “ ‘Un recital de poesía’, se burló, ‘¡Qué aburrimiento!’. Di por hecho que detestaba la poesía. Esperó en el café Le Mabillon, en el boulevard Saint-Germain-des-Prés, cerca de la iglesia, y nos reunimos con él después del recital. Estaba delgado como un espárrago, parecía un argelino, con cabello rizado y bigote, y a mí nunca me habían gustado los hombres con bigote. Tampoco me gustan los típicos machos; siempre tuve el prejuicio racial y cultural de que los latinoamericanos eran inferiores”.4

Tachia, nacida María Concepción Quintana en enero de 1929, era oriunda de Eibar, Guipúzcoa, en el País Vasco español, y una de las tres hijas de una familia católica que apoyó el régimen de Franco tras la guerra civil. Su padre, gran amante de la poesía, le había leído poemas desde niña con asiduidad, sin saber cuánto la determinaría esto en el futuro. En 1952 conoció al poeta Blas de Otero, ya famoso por entonces, en Bilbao, donde trabajaba de señora de compañía, una de las pocas oportunidades que tenían las mujeres de trabajar independientemente en la España de Franco. Otero, trece años mayor que ella, la rebautizó ordenando a su antojo el nombre de Conchita: “Tachia”. También la sedujo. Poco después la muchacha se marchó a Madrid —a pesar de que en aquellos tiempos había que ser mayor de veinticinco años para abandonar el hogar sin permiso paterno— para estudiar teatro y formarse como actriz. Allí inició un romance apasionado, aunque desventurado, con este gran poeta, que era también un hombre sumamente inestable y un redomado donjuán. El nombre de Tachia aparece en algunos de sus poemas más célebres. El carácter de Otero, impredecible hasta lo patológico, la hizo pasar por un verdadero calvario. Para librarse de él —si bien pasarían muchos años antes de que lo lograra del todo— huyó de España: “Fui a París a finales de 1952 como una especie de au pair durante seis meses; la ciudad me deslumbró. Después, el 1 de agosto de 1953, me fui allí para siempre. No tenía ninguna técnica, de modo que hice cursos de teatro para tratar de introducirme en ese mundo”.

Tachia era intrépida y curiosa. Ejercía en los demás un extraño magnetismo y estaba abierta a toda clase de experiencias. Era el tipo de mujer que se consideraba especialmente atractiva en el periodo existencialista de posguerra y —aunque su gran amor era el teatro— en las películas de la Nouvelle vague que estaban a punto de hacerse en el París de finales de los cincuenta: una joven esbelta, morena, que vivía en la margen izquierda del Sena y de ordinario vestía de negro, con un corte a lo garçon, como el que Jean Seberg haría famoso poco después, y rebosante de vitalidad. Emocionalmente, sin embargo, en aquel preciso momento estaba a la deriva. Como extranjera, sus oportunidades de salir adelante en el teatro francés podían considerarse prácticamente nulas, pero no tenía ninguna intención de regresar a España. Tampoco de entablar vínculos emocionales duraderos. Había pasado por la experiencia de un amour fou en su país, y desde entonces nada había logrado cautivar sus sentimientos o su imaginación con la misma intensidad. Y he aquí que le estaba contando la historia de su vida a este colombiano tan poco atractivo.

Diría que en un primer momento Gabriel me disgustó. Parecía despótico, arrogante, aunque también tímido: una combinación realmente con poco encanto. A mí me gustaban los hombres al estilo de James Mason —Blas se parecía bastante—, tipo caballero británico, no los latinos guapos al estilo de Tyrone Power. Además, siempre preferí a hombres más mayores, y Gabriel era más o menos de mi edad. Enseguida empezó a alardear de su trabajo, al parecer se consideraba periodista, no escritor. El amigo se marchó del bar a las diez y nosotros nos quedamos, hablando, y luego echamos a caminar por las calles de París. Gabriel decía cosas terribles de los franceses... Aunque los franceses más adelante se tomaron su revancha, porque resultaban demasiado racionales para su realismo mágico.

Al empezar a hablar con él, Tachia descubrió entonces que aquel sarcástico colombiano revelaba su otra cara. Algo en la voz, la sonrisa confiada, el modo en que contaba una historia. García Márquez y la española joven y directa iniciaron una relación que muy pronto se tornó íntima. Y tal vez arquetípica. La novela latinoamericana más famosa de principios de la década que estaba a punto de empezar sería Rayuela, del argentino Julio Cortázar, publicada en 1963, y versaría sobre un expatriado latinoamericano que deambula por París en los años cincuenta rodeado de un grupo de amigos bohemios, artistas e intelectuales, centrada básicamente en el Barrio Latino. El protagonista, Oliveira, un tipo que ya no es joven y carece de objetivos, no tiene trabajo, ni interés alguno en conseguirlo; tratará de encontrarse a sí mismo y al mundo; y su inspiración, su musa melancólica, será una joven hermosa, una suerte de hippy avant la lettre conocida como “La Maga”. En realidad Cortázar no vivió ese romance, pero sí García Márquez. Caminando y charlando, una cosa llevó a la otra:

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Poco a poco Gabriel me fue gustando más y más, a pesar de mis reservas iniciales, y la relación evolucionó. Empezamos a salir en serio al cabo de unas semanas, en algún momento del mes de abril, imagino. Al principio Gabriel tenía dinero suficiente para invitar a una chica a una copa o a una taza de chocolate, o para pagar el cine. Entonces su periódico cerró y se quedó sin nada.

Así fue. Tres semanas después de que García Márquez conociera a Tachia se produjo el cierre de El Independiente en Bogotá; esta vez, aunque no podía saberlo, por espacio de casi un año. Fueron unas circunstancias desastrosas para una relación que acababa de iniciarse. En lugar de pagarle el salario atrasado, la dirección al final le envió un billete de regreso a Colombia. Cuando el billete llegó, García Márquez tragó saliva, respiró hondo y lo canjeó por dinero. ¿Respondía eso a un deseo de conocer mejor Europa, al deseo de completar su nueva novela, o acaso estaba enamorado? Llevaba ya tres meses trabajando en La mala hora y su intención era continuar con ella. Así que, por muchas razones, no estaba siquiera medianamente preparado para irse de París. En Bogotá disponía de poco tiempo para escribir sus propias obras, mientras que ahora volvía a estar imparable. Fue una decisión que él mismo tomó, aunque no sería un lecho de rosas. Y además estaba Tachia.

Conocí a Tachia Quintana en París en marzo de 1993. Paseamos por las mismas calles de la ciudad que ella y García Márquez habían recorrido a mediados de los cincuenta. Seis meses después, en la casa de García Márquez en ciudad de México, me armé de valor y le pregunté: “¿Y de Tachia qué?”. En ese momento eran muy pocos los que sabían de ella, y menos aún quienes conocían la historia entre ambos, aun a grandes rasgos; supongo que había esperado que se me pasara por alto. Respiró hondo, igual que alguien que ve abrirse lentamente un ataúd, y dijo: “Bueno, eso pasó”. Le pregunté: “¿Podemos hablar del tema?”. “No”, me contestó. Fue en aquella ocasión cuando me dijo por primera vez, con la expresión del director de una funeraria que con determinación cierra de nuevo la tapa del ataúd, que “todo el mundo tiene tres vidas: la pública, la privada y la secreta”. Como es lógico, la vida pública estaba a la vista de todo el mundo, yo simplemente tenía que hacer mi trabajo; de vez en cuando me daría acceso y me permitiría comprender mejor la vida privada, y evidentemente se esperaba que dedujera el resto; en cuanto a la vida secreta, “No, jamás”. Si en algún lugar estaba, me dio a entender, era en sus libros. Podía empezar por ellos. “Y de todos modos, no te preocupes. Yo seré lo que tú digas que soy”. Así pues, para hacernos una idea de cómo percibía García Márquez a Tachia Quintana, tanto en 1956 como en adelante, no quedará otro remedio que examinar sus obras. La propia Tachia, sin embargo, estuvo dispuesta a dar su versión de la historia.

Cuando conocí a Gabriel estaba a punto de mudarme a una pequeña habitación en la rue d’Assas. No logro acordarme de dónde estaba antes, no te imaginas en cuántos hoteles y apartamentos viví en París. Incluso una vez compartí habitación con Violeta Parra. El nuevo sitio estaba cerca de Montparnasse, entre Les Invalides y Saint-Germain-des-Près, cerca de las braserías de La Coupole, La Closerie des Lilas, Le Dôme y Le Select, y apenas a unos metros del jardín de Luxembourg y los teatros, cines y locales de jazz de Montparnasse. A veces íbamos a su habitación del Hôtel de Flandre, pero casi siempre dormíamos en la rue d’Assas. Era un antiguo hôtel particulier que había sido reformado. Yo estaba en la antigua cocina; era diminuta, como un cuarto para el servicio, lo que se conoce como una chambre de bonne, con un patiecito y un jardín en el exterior. Había sólo una cama y cajas de naranjas; imagínate, una docena de personas solían sentarse en esa cama. La dueña era una católica estricta, pero por lo general cerraba los ojos y nos dejaba en paz. Lo mejor era el jardincito de fuera, al aire libre. ¡Cuántas veces me esperaba allí sentado! A menudo con la cabeza entre las manos. Me volvía loca, pero lo quería mucho.

Fue poco después de conocer a Tachia cuando el colombiano se dio cuenta de que el libro que había empezado y que había hecho progresar significativamente, aunque siempre con penosos esfuerzos, poco a poco se le estaba escapando de las manos. Muchos años después se convertiría en uno de los “profesionales” de la literatura con mayor destreza técnica del mundo, un hombre que siempre sabía con certeza lo que quería escribir y que invariablemente lo conseguía. En esta época de su vida, en cambio, cada obra parecía escindirse en otra; la escritura era una experiencia agónica, y los planteamientos nunca parecían avanzar por el rumbo previsto. Eso precisamente le ocurría ahora. Uno de los personajes secundarios empezó a crecer, a ganar autonomía y, por último, a exigir un contexto literario propio, aparte. En este caso era un viejo coronel, a un tiempo tímido y contumaz, un refugiado de Macondo y del olor de los bananos demasiado maduros, un hombre a la espera, cincuenta años después, de la pensión que le correspondía por su servicio en la guerra de los Mil Días. La novela original, que ahora quedó a un lado, era una obra fría, cruel, que requería coraje e imparcialidad; sin embargo, su autor se hallaba inesperadamente en una tesitura en la que se aunaban la pasión y unas privaciones inmensas, viviendo su propia versión de La Bohème.

Del mismo modo que la nostalgia provocada por el viaje con su madre fue el instrumento que daría origen a La hojarasca, una emoción no muy distinta, la desazón por la imposibilidad de vivir en el presente, fue la palanca que separó lo que se convertiría en El coronel no tiene quien le escriba de lo que con el tiempo sería La mala hora, la novela interminablemente atrasada y pospuesta. Y, una vez más, una mujer fue la inspiración: de un modo terrible e inquietante, la novela sobre el coronel sería una proyección del drama que el propio García Márquez empezaba a vivir, allí mismo y justo entonces, con Tachia. Se vieron envueltos en una aventura llena de sorpresas, excitante y apasionada, y del todo inesperada; sin embargo, la falta de dinero enseguida los acució. De buen principio la relación estuvo condicionada por la pobreza y luego, pronto, amenazada por la tragedia. Así que la primera novela, aún en proceso, quedó atada con una vieja corbata de rayas —no sería la última vez— y acabó guardada en el fondo del armario ropero desvencijado del Hôtel de Flandre; y en algún momento de mayo o principios de junio de 1956 dio paso a la historia intensa, obsesiva y desesperada de un coronel hambriento y su desafortunada y sufrida esposa.

Las deudas de García Márquez en el hotel eran cada vez más alarmantes, y sin embargo, tal vez reveladoramente, no dejó escapar aquella habitación a pesar de que no podía pagarla. O eso decía. Al cabo de unas semanas, Tachia y él ni siquiera tenían para comer. Claro que antes ya había pasado por esto; en Bogotá, en Cartagena, en Barranquilla. Era casi como si hubiera de pasar hambre para justificar la adhesión a su vocación. Su familia no podía quejarse de que no continuara con sus estudios de derecho, porque estaba famélico; Tachia no debía quejarse de que no trabajara para mantenerla, porque estaba dispuesto a arrostrar cualquier padecimiento mientras escribía su libro. Por descontado, su francés era aún rudimentario y no lo tenía fácil para conseguir un empleo; pero lo cierto es que no lo buscaba realmente. Cuando el dinero del billete de avión se acabó, recogía botellas vacías y periódicos por los que le daban apenas unos céntimos en los comercios del barrio. Dice que en ocasiones “tomaba prestado” un hueso de una carnicería para que Tachia hiciera un estofado. Un día tuvo que pedir para el billete del metro —de nuevo le faltaban los últimos cinco céntimos— y se sintió humillado por la reacción del francés que le dio el dinero. Envió mensajes a sus amigos de Colombia pidiendo ayuda económica, y entonces se halló aguardando esperanzado las buenas noticias, semana tras semana, al igual que su abuelo había estado esperando su pensión tantos años atrás, e igual que le ocurría al coronel de su nueva novela. Tal vez su sentido de la ironía le permitió salir adelante.

En cierto modo la relación con Tachia estuvo desde siempre condenada al fracaso. Él había perdido su empleo tres semanas después de que se conocieran. Y un par de meses después se sumó otro desastre: “Me di cuenta de que estaba embarazada una noche mientras paseábamos por les Champs Elysées. Me sentía rara y sencillamente lo supe. Después de quedarme embarazada seguí cuidando niños y fregando suelos, y vomitaba mientras lo hacía, y cuando volvía a casa, él no había hecho nada y tenía que ponerme a cocinar. Me decía que era muy mandona, me llamaba ‘el general’. Entretanto, él escribía sus artículos y El coronel. Iba sobre nosotros, claro: sobre nuestra situación, sobre nuestra relación. Leí la novela a medida que la escribía, me encantó. Pero pasamos nueve meses peleándonos constantemente, todo el tiempo. Era muy duro, agotador, nos estábamos destruyendo uno al otro. ¿Si sólo discutíamos? No, nos peleábamos en serio”.

“Sin embargo —recuerda Tachia—, Gabriel también era muy cariñoso; era la ternura personificada. Nos lo contábamos todo. Los hombres son muy ingenuos, así que le enseñé cosas, cosas acerca de las mujeres; le di un montón de material para sus novelas. Tengo la impresión de que Gabriel había tenido muy pocas mujeres; desde luego, hasta aquella época nunca había vivido con ninguna. Aunque nos peleábamos mucho, también pasamos buenos momentos. Solíamos hablar del bebé y de cómo sería, y pensábamos nombres. Y Gabriel me contaba un sinfín de historias, episodios fascinantes de su infancia y su familia, de Barranquilla, Cepeda y demás. Era maravilloso, me encantaba. Gabriel también cantaba mucho, especialmente vallenatos de Escalona, como ‘La casa en el aire’. También cantaba cumbias, como ‘Mi chiquita linda’; tenía una voz preciosa. Y, claro, aunque andábamos a la greña todo el día, nunca tuvimos ningún problema para entendernos por la noche.

”Gabriel cantaba a menudo en las interminables fiestas en casa de Hernán Vieco, en la rue Guénégaud. Vieco era muy seductor, tenía los ojos azules, las cejas anchas, era sumamente atractivo. Era el único con casa, dinero y coche (un MG deportivo, que adoraba). Gabriel solía cantar y tocar la guitarra allí; además, bailaba divinamente. También teníamos amigos franceses que vivían en la rue Chérubini, cruzando el río. Allí fue donde conocimos todas las canciones de Brassens. Fue Gabriel quien me llevó por primera vez a la Fête de l’Humanité que celebraba el Partido Comunista, él y Luis Villar Borda, creo. En ese sentido, yo era todavía una mujer muy tradicional: yo me quedaba ahí sentada sin decir nada mientras los hombres hablaban de política. Yo no sabía de política ni tenía ninguna ideología en aquella época, aunque mis instintos eran progresistas. En cambio, Gabriel me parecía una persona admirablemente centrada y de principios, cuando menos en lo político. La impresión que me formé es que, en relación con la moral política, era un hombre integro, serio y de honor. Yo pensaba que él no era muy distinto de un comunista. Recuerdo que una vez dije, como si supiera de lo que hablaba: ‘Supongo que hay comunistas buenos y malos’. Gabriel me miró y contestó, con bastante severidad: ‘No, señora, hay comunistas y no comunistas’.

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”Debo admitir que con el embarazo fue totalmente justo. Es una de las cosas que podría decirse en favor suyo. Lo hablamos abiertamente y me preguntó qué quería hacer. Creo que se hubiera reconciliado con la idea de tener el bebé. Il s’assouvit, como dicen aquí: él acataría lo que yo quisiera. Fui yo la que no quiso tenerlo. Gabriel sabía que me tomaba muy en serio el asunto de los niños y que por eso yo esperaría que se casase conmigo. A él le parecía bien la idea, pero al mismo tiempo no estaba muy convencido. Simplemente me dejó hacer lo que yo decidiera. No creo que estuviera tan horrorizado como yo. Probablemente, desde el punto de vista latinoamericano no era tan inusual o impactante; incluso puede que se hubiera sentido orgulloso, que yo sepa.

”Fue una decisión que tomé por mí misma, él no la tomó. Claro que para entonces, a pesar —o quizá precisamente a causa— de las ideas de mi familia, yo había roto con Dios. Cuando todo esto ocurrió estaba embarazada de cuatro meses y medio; y desesperada. Fue un momento terrible, terrible. Luego tuve la hemorragia. Él se quedó absolutamente horrorizado, no se desmayó de milagro; Gabriel, cuando ve sangre, bueno, ya sabes... Pasé ocho días en la Maternité Port Royal, muy cerca de donde vivía. Gabriel era siempre el primero de los padres en llegar al hospital a la hora de visitas, por la noche.

”Después del aborto los dos sabíamos que todo se había terminado. Yo seguí amenazando con marcharme. Al fin lo hice, me marché, primero a casa de Vieco, para la convalecencia, y después a Madrid. Estaba muy disgustada, agotada. Durante la relación nunca me vine abajo, pero el embarazo me hizo perder toda la confianza en mí misma. Me marché de París, desde la Gare d’Austerlitz, en diciembre de 1956. Gabriel movilizó a todo un grupo de amigos para que me acompañaran a la estación. Me había recuperado de la operación, pero por dentro me sentía muy frágil. Llegamos tarde, por supuesto, y hubo que arrojar el equipaje dentro del tren, tuve que subir deprisa y corriendo y no pude siquiera despedirme de todos. Tenía ocho maletas. Gabriel siempre dice que eran dieciséis. Cuando el tren se puso en marcha me desmoroné, lloraba tapándome la cara con las manos, contra la ventana. Entonces, mientras el tren empezaba a moverse, miré a Gabriel, y Gabriel, con aquella mirada patética, empezó a caminar siguiendo el vagón, hasta que se quedó atrás. La verdad es que en 1956 me decepcionó. Claro que en ningún caso me hubiera casado con él, jamás lo he lamentado. Era demasiado informal, y yo no podía traer hijos al mundo con un padre así. Porque no hay nada más importante que eso, ¿no te parece? Sin embargo, en cierto sentido me equivoqué de medio a medio, porque resultó ser un padre estupendo”.

Tachia era una mujer valiente, afortunada, decidida e intrépida, y lo bastante insensata o inteligente para llevar una vida del todo independiente mucho antes de que eso fuera un “derecho” de la mujer. Aunque su historia es la de alguien que subordina sus necesidades a García Márquez, cuesta imaginar que no hiciera lo que ella misma decidió. Con una relación importante a sus espaldas —en la cual se había visto también “sacrificada” por una vocación literaria— es difícil creer que hubiera soportado algo que a la larga le hubiera parecido inaceptable. Probablemente su relación nació de un cariño muy fuerte que empezó a agriarse y a exigir demasiado cuando se quedó embarazada: sólo podía casarse o atajarlo. Además, ésta no era su primera relación seria, aunque sí era la primera vez que cualquiera de los dos vivía en pareja.

Es probable que a García Márquez lo entristecieran las discusiones sobre su hijo; los niños no se consideran un problema en la costa colombiana, y él pertenecía a una familia donde las mujeres —Tranquilina, su abuela; Luisa, su propia madre— acogieron a numerosas criaturas que mantenían algún parentesco directo con ellos. Así que es muy posible que se atribulara cuando al fin el embarazo se malogró. Habría sido duro para Mercedes haber conocido la existencia de un hijo de otra mujer, pero los latinoamericanos están más acostumbrados a esas cosas y tienden menos a juzgar que los europeos. En cuanto al hecho de que poco después fuera a volver para casarse con Mercedes, García Márquez debió de pensar: ¿y qué? Cuando se fue era poco más que una chiquilla. ¿Qué habría que esperar de un hombre latino de veintiocho años, sino que tuviera una aventura en París? Con menos, sus amigos se hubieran decepcionado. Si Tachia hubiera tenido el bebé, es posible que la hubiera dejado igual. Al parecer, en Mercedes eligió con absoluta determinación a una mujer de su propio entorno, alguien que entendería exactamente de dónde procedía y qué lo movía.

Tachia se había marchado, pero le quedaba su novela. Esa novela se sitúa —único caso en la obra de García Márquez— en el momento mismo de la escritura, en los últimos meses de 1956, enmarcada por la crisis de Suez en Europa. Los detalles de la trama habían quedado establecidos mucho antes de que Tachia se fuera a Madrid. Estamos en octubre: un coronel, cuya identidad el lector no llegará a conocer, y que había vivido antes en Macondo, es un hombre de setenta y cinco años que se pudre en un asfixiante pueblucho ribereño perdido en la jungla colombiana. El coronel lleva cincuenta y seis años esperando su pensión por la guerra de los Mil Días y carece de cualquier otro medio de subsistencia. Han pasado quince años desde que recibiera una carta del departamento de pensiones estatal, pero sigue yendo a diario a la oficina de correos con la esperanza de que haya novedades. Así pasa la vida a la espera de una noticia que nunca llega. Él y su esposa tuvieron un hijo, Agustín, sastre, asesinado por las autoridades a principios de año por distribuir propaganda política en la clandestinidad. A la muerte de Agustín, que solía cuidar de la pareja de ancianos, queda sin dueño su gallo de pelea, campeón de muchos combates y que vale una buena suma de dinero. El coronel soporta humillaciones sin cuento con tal de no tener que vender el gallo, que para él y los amigos de su hijo (Alfonso, Álvaro y Germán) se convierte en un símbolo de la dignidad y la resistencia, así como en un recuerdo del propio Agustín. La mujer del coronel, de talante más práctico, no anda bien de salud y precisa tratamiento médico, por lo que no está de acuerdo con él y reiteradamente lo apremia para que venda el gallo. Al final de la novela, el coronel sigue resistiendo porfiadamente.

García Márquez ha dicho que la novela se inspiró en múltiples fuentes: en primer lugar —dado que el punto de partida de sus obras es siempre una imagen visual— fue el recuerdo de un hombre al que vio en la subasta de pescado de Barranquilla años atrás esperando un barco con “una especie de silenciosa zozobra”. En segundo lugar estaba el recuerdo personal de su abuelo esperando su pensión por la guerra de los Mil Días; sin embargo, en un sentido físico, el modelo fue el padre de Rafael Escalona, también coronel, pero más delgado, como conviene al famélico protagonista que García Márquez imaginó para el libro. En tercer lugar, evidentemente, estaba la situación política de Colombia durante la Violencia. Y en cuarto lugar, en términos de inspiración artística, bebió de Umberto D. de De Sica, con guión de Zavattini: el retrato de otro hombre, acompañado de otra preciada criatura (su perro), que vive un callado vía crucis en la Roma de posguerra, entre la indiferencia generalizada de sus contemporáneos. Sin embargo, lo que García Márquez nunca ha reconocido es que El coronel no tiene quien le escriba estaba basada —en último lugar, aunque de manera más directa— en el drama que Tachia y él vivieron en aquel periodo, con la crisis de Suez como telón de fondo político tanto de sus vidas como de la novela.

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En ambos casos la mujer ha de soportar lo que según ella es el egoísmo o la debilidad del hombre con el que vive, un hombre que se ha convencido de que tiene una misión histórica, la cual es más importante que ella. En los dos casos ella lo mima (en la novela, la anciana pareja ya ha perdido a su hijo; en el mundo real, Tachia acabaría por cansarse de mimar a Gabriel cuando perdiera el ser que llevaba en sus entrañas...) y desempeña todas las funciones materiales y maternales de la casa.

Ella se hace cargo de todo el trabajo práctico, en tanto que él sigue empeñado en vano en una empresa imposible, aquejado de un estreñimiento terrible, con el gallo de pelea como símbolo de su coraje, su independencia y su eventual triunfo. Ella está convencida de que todo saldrá mal; a él lo sostiene un optimismo indómito. Nueve meses han transcurrido entre la muerte del hijo del coronel y los acontecimientos del presente de la novela; cuando la mujer le dice al coronel “Nosotros somos huérfanos de nuestro hijo”, la frase podría ser el epitafio de la aventura entre García Márquez y Tachia. El gallo (la novela, la dignidad personal del escritor) es un símbolo de la identificación de un individuo con ciertos valores colectivos. Y la culpa, y el dolor —el mal parto, la muerte del hijo—, solamente pueden mitigarse yendo hacia delante, casi a modo de homenaje. Puede que el lema que siempre haya definido mejor a García Márquez sea “la única salida, finalmente, es tirar el muro”.

El coronel no tiene quien le escriba es una de esas obras en prosa que, a pesar de su innegable “realismo”, funciona como un poema. Es imposible separar los motivos centrales de la espera y la esperanza, los fenómenos atmosféricos y las funciones fisiológicas (ir al baño o no, en el caso del coronel, no la menos importante), política y pobreza, vida y muerte, soledad y solidaridad, suerte y destino. Aunque García Márquez siempre ha dicho que el diálogo no es su fuerte, el humor hastiado que transmiten sus personajes, con modulaciones levemente distintas que los diferencian a unos de otros, es uno de los rasgos definitorios de sus obras de madurez. El humor inconfundible, tan característico como el de Cervantes, alcanza su expresión definitiva en esta maravillosa novelita, del mismo modo que el propio coronel, a pesar de lo sucinto de su retrato, se convierte en uno de los personajes inolvidables de la ficción del siglo XX. El último párrafo, uno de los más perfectos de toda la literatura, parece condensar y luego arrojar todos los motivos y las imágenes reunidas en el conjunto de la obra. El anciano, exhausto, ha logrado dormirse; pero su exasperada mujer, casi fuera de sí, lo sacude con violencia y lo despierta. Quiere saber de qué van a vivir ahora que él ha decidido al fin no vender al gallo de pelea, y en lugar de ello piensa prepararlo para nuevos combates:

—Dime, qué comemos.
El coronel necesitó setenta y cinco años —los setenta y cinco años de su vida, minuto a minuto— para llegar a ese instante. Se sintió puro, explícito, invencible, en el momento de responder:
—Mierda.

También el lector se siente desahogado; y no es poco el placer estético que procura el contraste implícito entre el final, perfectamente sintetizado, y la sensación de alivio y liberación: una elevación de la conciencia; un canto a la resistencia, a la rebeldía. La dignidad, siempre tan presente para García Márquez, ha sido restituida.

Años después, El coronel no tiene quien le escriba fue reconocida universalmente como una obra maestra de la ficción corta, como El viejo y el mar de Hemingway, punto menos que perfecta en su intensidad contenida, su trama dosificada con esmero y su brillante broche final. El autor mismo diría que el estilo de El coronel no tiene quien le escriba era “conciso, seco, directo y aprendido directamente del periodismo”.

Sin embargo, el final de la novela no fue el final de la historia. Siempre hay otra manera de contar un cuento. Veinte años después, García Márquez escribiría un relato extraño e inquietante, “El rastro de tu sangre en la nieve”. Podría decirse que es la versión revisada y corregida de El coronel. Si la primera obra resultó ser su versión del asunto en aquella época, una inequívoca justificación de sí mismo, el relato posterior es por igual una clara autocrítica y una reivindicación tardía de Tachia. ¿Había cambiado de opinión, o trataba tal vez de compensar a su antigua amante, tantos años después? En este relato, una joven pareja colombiana viaja a Madrid de luna de miel y luego va en coche hasta París. Cuando dejan la capital española, la mujer, Nena Daconte, recibe un ramo de rosas rojas y se pincha un dedo, que sangra durante todo el camino hasta París. En cierto momento dice: “Imagínate: un rastro de sangre en la nieve desde Madrid hasta París. ¿No te parece bello para una canción?”. El autor debía de tener presente, claro está, que después de su hemorragia Tachia había viajado en sentido contrario, recorriendo toda la distancia entre París y Madrid, en pleno invierno. ¿Acaso todo esto sea un exorcismo? En el cuento, cuando la joven pareja llega a París, Nena, que conoce bien Francia y está embarazada de dos meses, se hace reconocer en el mismo hospital —“un hospital enorme y sombrío” que da a la avenue Denfert-Rochereau— donde Tachia fue tratada por su hemorragia en 1956, donde ella misma pudo haber muerto y donde su hijo nonato de hecho murió. El marido de Nena, Billy Sánchez de Ávila, un hombre con escasa formación que nunca ha abandonado Colombia antes de este viaje a Europa, y que baila sobre la nieve parisina igual que García Márquez hizo la primera vez que la vio, demuestra ser totalmente incapaz de hacer frente a la crisis, en un París frío, hostil, y Nena muere en el hospital sin que él vuelva a verla de nuevo.

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Tachia se había ido. En Navidades García Márquez volvió al Hôtel de Flandre a tiempo completo, al final de lo que más adelante él mismo llamaría “el otoño triste de 1956”, en un momento en que la mayoría de sus amigos lo culparon de los problemas de Tachia y de su dramática marcha. Sin embargo, estaba en la recta final de su novela, había hallado un modo de justificar lo que había sucedido cuando menos ante sí mismo (consideraba una cuestión de honor no hablar con otros hombres acerca de sus relaciones personales) y nada iba a interponerse en su camino. Que el gallo quede con vida al final de la novela entraña también la supervivencia de la novela misma, a pesar del incordio de una mujer; y, a fin de cuentas, la concluyó apenas semanas después de que Tachia partiera para Madrid. La fecharía en “enero de 1957”. No había nacido ningún hijo, pero sí una novela. Tachia dijo que García Márquez “tuvo suerte” de terminarla en las circunstancias en que vivieron aquellos meses. Lo difícil es estar de acuerdo en que la suerte tuviera algo que ver en todo ello.

Ahora no estaba Tachia para comprar la comida, regatear los precios y preparar platos con poco dinero. García Márquez agotaba sus últimos recursos, del mismo modo que el coronel apura el tarro del café en la primera página de la novela. Posteriormente le diría a su amigo José Font Castro que en una ocasión pasó una semana en su buhardilla gélida escondiéndose de los administradores del hotel, sin comer, y bebiendo únicamente agua del grifo del lavabo. Su hermano Gustavo ha dicho:

Me acuerdo de otra confidencia de Gabito en... Barranquilla, tomando trago, los dos solos. “Fíjate, es que después de Cien años de soledad, todos son amigos míos, pero no saben cómo me costó a mí esto. Nadie sabe que yo comí basura en París... Pues una vez estaba yo en una fiesta en una casa de amigos que en cierta manera me ayudaban, me resolvían algunos problemas. Cuando se terminó la reunión, la señora de la casa me dijo: ‘García, ven acá, cuando vayas bajando, lleva este paquete de basura y lo dejas abajo, en la calle’ ”. Cuenta Gabito que él tenía tanta hambre que sacó lo que pudo de allí y se lo comió.

En otros sentidos él también iba a la deriva. Algunos amigos se distanciaron de él por lo que interpretaron como su abandono de Tachia, y a resultas de ello lo trataban con menos benevolencia y generosidad. Consiguió un empleo de cantante en L’Escale, el club nocturno latinoamericano al que había ido con frecuencia con Tachia y donde ella había conseguido algún trabajo esporádico con anterioridad. Más que vallenatos, cantaba sobre todo rancheras mexicanas, a dúo con el pintor y escultor venezolano Jesús Rafael Soto, uno de los pioneros del arte cinético. Ganaba un dólar la noche (el equivalente a unos ocho dólares de 2008). Se dedicaba a deambular por ahí. Intentó retomar La mala hora, pero había dejado de interesarle tras los meses que había pasado en compañía del viejo coronel. Los amigos de La Cueva, de Barranquilla, habían formado una “Sociedad de Amigos para Ayudar a Gabito”, o SAAG; entre todos compraron un billete de cien dólares y se reunieron en la Librería Rondón para decidir la mejor forma de mandárselo a su amigo. Jorge Rondón, haciendo uso de su experiencia en el Partido Comunista, explicó cómo había aprendido a enviar mensajes clandestinos en el interior de las postales. Así le mandaron el billete sus amigos y, simultáneamente, enviaron una carta donde explicaban el ardid. Por supuesto, la postal llegó antes que la carta, y García Márquez, que estaba esperando algo más que saludos, gruñó indignado: “¡Cabrones!”, y tiró la postal a la papelera. Aquella misma tarde llegó la carta con la explicación, y por suerte pudo recuperar la postal tras hurgar en el cubo de la basura del hotel.

Entonces no halló modo de cambiar el dinero. El fotógrafo Guillermo Angulo —en Roma por aquellos días, ¡buscando a García Márquez!— recuerda:

Alguien le contó de una amiga llamada La Puppa que acababa de llegar de Roma, después de que le pagaran su sueldo. La fue a ver —era invierno, y Gabo estaba todo envuelto, como siempre— y La Puppa abrió la puerta y una corriente de aire cálido lo saludó desde el interior de un cuarto bien calefaccionado. La Puppa estaba desnuda. Ella no era bonita, pero tenía un gran cuerpo y, como era mujer, se sacaba las ropas sin ninguna provocación. Entonces La Puppa se sentó —lo que más le molestaba a Gabo, según su relato, era que ella hacía como si estuviera vestida—, cruzó las piernas y comenzó a hablar de Colombia y de los colombianos que ella conocía. Él empezó a contarle cuál era su problema, ella lo entendió y fue buscar en un pequeño armario que tenía en el cuarto. Gabo se dio cuenta de que ella quería que él se desnudara, pero Gabo quería comer. Fue a comer y se llenó tanto que estuvo enfermo por una semana con indigestión.

Evidentemente, esta anécdota de segunda mano ha ganado mucho al pasar de boca a oreja. Fue “La Puppa” quien llevaría una copia de El coronel no tiene quien le escriba de regreso a Roma para que Angulo la leyera. A pesar de la inusitada discreción de Angulo, al parecer García Márquez mantuvo con ella una fugaz aventura tras el regreso de Tachia a Madrid. Una cura para el ego herido, sin duda alguna.

Los hechos son, sin embargo, que García Márquez vivió en París durante un año y medio y sobrevivió sólo con el dinero que obtuvo de canjear el billete de avión, la caridad esporádica de los amigos y unos escasos ahorros propios; y que no había modo de volver a Colombia. Para entonces ya hablaba francés, conocía bien París y contaba con una amplia colección de amigos y conocidos, entre ellos uno o dos franceses, latinoamericanos de distintos países y algunos árabes. De hecho, a García Márquez lo tomaban con frecuencia por árabe —no sólo era la época de Suez, sino también del conflicto argelino—, y en más de una ocasión fue arrestado por la policía en una de las redadas que con regularidad llevaban a cabo en aras de la seguridad:

Una noche, a la salida de un cine, una patrulla de policías me atropelló en la calle, me escupieron la cara y me metieron a golpes dentro de una camioneta blindada. Estaba llena de argelinos taciturnos, recogidos a golpes y también escupidos en los cafetines del barrio. También ellos, como los agentes que nos habían arrestado, creyeron que yo era argelino. De modo que pasamos la noche juntos, embutidos como sardinas en una jaula de la comisaría más cercana, mientras los policías, en mangas de camisa, hablaban de sus hijos y comían barras de pan ensopadas en vino. Los argelinos y yo, para amargarles la fiesta, estuvimos toda la noche en vela, cantando las canciones de Brassens contra los desmanes y la imbecilidad de la fuerza pública.

Aquella noche en la cárcel hizo un nuevo amigo, Ahmed Tebbal, un doctor que le dio el punto de vista argelino del conflicto, e incluso lo implicó en unas pocas acciones subversivas en favor de la causa de su país. Económicamente, sin embargo, las cosas iban a peor. Una noche triste y lloviznosa vio a un hombre que cruzaba el Pont Saint-Michel:

Yo no había tenido una conciencia muy clara de mi situación hasta una noche en que me encontré de pronto por los lados del jardín de Luxemburgo sin haber comido ni una castaña durante todo el día y sin lugar donde dormir... Cuando atravesaba el puente del Saint-Michel sentí que no estaba solo entre la niebla, porque alcancé a percibir los pasos nítidos de alguien que se acercaba en sentido contrario. Lo vi perfilarse en la niebla, por la misma acera y con el mismo ritmo que yo, y vi muy cerca su chaqueta escocesa de cuadros rojos y negros, y en el instante en que nos cruzamos en medio del puente vi su cabello alborotado, su bigote de turco, su semblante triste de hambres atrasadas y mal dormir, y vi sus ojos anegados de lágrimas. Se me heló el corazón, porque aquel hombre parecía ser yo mismo que ya venía de regreso.
Más adelante, al hablar de aquellos días, declararía: “Yo sé lo que es esperar el correo y pasar hambre y pedir limosna: así terminé en París El coronel no tiene quien le escriba, que soy un poco yo mismo: igual”.

Fue por entonces cuando Hernán Vieco, que gozaba de una situación económica muy distinta, el mismo que había acogido a Tachia en su casa después de que abortara, resolvió la mayor parte de los problemas de García Márquez al prestarle los ciento veinte mil francos que necesitaba para pagar a madame Lacroix en el Hôtel de Flandre. Una noche en que volvían de una fiesta, ebrio pero en perfecto uso de sus facultades, Vieco le dijo a García Márquez que era el momento de que se sinceraran. Le preguntó a cuánto ascendía ya la cuenta de su hotel. García Márquez se negó a hablar del asunto. Como se sabe, una de las razones por las que la gente solía ayudarlo en su juventud era porque siempre advertían que, sin importar lo mal que lo estuviera pasando, nunca se compadecía especialmente de sí mismo y jamás reclamaba ayuda. Al final, tras una escena de histrionismo beodo, Vieco blandió una pluma, rellenó un cheque sobre el techo de un coche aparcado junto a la acera y lo metió en el bolsillo del abrigo de su amigo. Era el equivalente a trescientos dólares, una suma nada despreciable en aquel momento. García Márquez se sintió embargado de gratitud y humillación al mismo tiempo. Cuando le llevó el dinero a madame Lacroix, la señora reaccionó poniéndose a tartamudear, roja de vergüenza ella también —aquello era París, a fin de cuentas, el hogar de la bohemia y de los artistas que luchaban por abrirse camino—: “No, no monsieur, esto es demasiado, págueme ahora una parte y otra más adelante”.

Había logrado sobrevivir al invierno. No había sido padre. No había quedado atrapado por una Circe europea. Mercedes seguía esperándolo en Colombia. Un radiante día a principios de 1957 alcanzó a ver a su ídolo, Ernest Hemingway, caminando con su esposa, Mary Welsh, por el boulevard Saint-Michel, en dirección al Jardin du Luxembourg; llevaba unos vaqueros gastados, camisa de leñador y gorra de beisbol. García Márquez, demasiado tímido para abordarlo, pero demasiado excitado para no hacer nada, gritó desde el otro lado de la calle: “¡Maestro!”. El gran escritor, cuya novela acerca de un anciano, el mar y un enorme pez había inspirado en parte la novela que el hombre más joven había terminado hacía poco acerca de un anciano, una pensión del gobierno y un gallo de pelea, levantó la mano y respondió, “con una voz un tanto pueril”: “¡Adiós, amigo!”.

Gerald Martin. Profesor emérito de la Universidad de Pittsburgh. Especialista en narrativa latinoamericana del siglo XX.


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