Agua, carencia de las etnias de Sonora





Tonatiuh Castro Silva/


Dia de publicación: 2018-08-09


Los pueblos originarios persistieron durante siglos o milenios ante las adversidades naturales. Sin embargo, su persistencia en la sociedad contemporánea enfrenta como una ardua empresa el acceso, justamente, a los recursos de sus propios territorios, así como a los cambios ambientales globales propiciados por la civilización occidental, que se manifiestan a nivel local, afectándolos.

El desierto de Sonora, en conjunto, y no sólo sus áreas habitadas por sus antiguos pueblos, tiene características que la definen como un sitio agreste para la habitación humana. La precipitación pluvial en el estado es menor a la del promedio de México, siendo de 405 milímetros anuales, en tanto en el país es de 773 mm. En el extremo, Tabasco tiene un promedio anual de 2,260 mm. Eventualmente, además, se presentan períodos de sequía, como los ocurridos en los periodos de 1960-1964, 1976-1980 y 1994-2005, en cuanto a las más recientes. Encima de tales factores, el de la etnicidad coloca en desventaja a los pueblos originarios frente a la sociedad mestiza, o “de razón”.

Los kuapak o cucapá, el más antiguo pueblo de Sonora, durante milenios se dedicó a la pesca en el río Colorado. En su delta practicaban la agricultura y recolectaban diversos frutos; el río era también sitio ceremonial. Su cultura ancestral comenzó a pulverizarse cuando compañías norteamericanas los despojaron del Colorado para usarlo como vía de transporte y fuente de recursos naturales y, posteriormente, al iniciar la explotación agrícola por mexicanos, a fines del siglo XIX. En la actualidad, los cucapá de Sonora cuentan con un ejido, pero el valle es dominado por empresas agrícolas y agroindustriales. Paradójicamente, rodeada de campos eficientemente irrigados, cada año enfrentan la carencia total de agua para consumo humano. Recientemente, el Ayuntamiento de San Luis Río Colorado, ante la negativa de la Comisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas, habilitó de acuerdo a sus posibilidades un pozo atrofiado, que de momento brinda el servicio de abastecimiento, pero por su calidad sólo sirve para servicios sanitarios.

Durante el Porfiriato, rancheros y mineros despojaron a los tohono o’otham, habitantes ancestrales del desierto de Altar, de los pozos naturales, del río Asunción y de su afluente el río Magdalena, así como de los arroyos. Aún en la actualidad, en los municipios de Caborca, Plutarco Elías Calles, Puerto Peñasco, Saric y Tubutama, los tohono o’otham carecen de agua potable. Por ello, es usual que en cada casa se encuentre un pozo para el abasto familiar. Desde la década de 1970 distintas instancias de gobierno han instalado infraestructura en algunas de las comunidades, que solamente de manera eventual funcionan y resuelven la problemática.

En el pueblo de Quitovac, ubicado a 5 kms. del área de dunas del desierto de Altar, se cuenta con agua entubada. Hay una toma del recurso hídrico en cada vivienda, pero que no ofrece agua potable en realidad, no sólo porque no proviene de un sistema de potabilización, sino porque los mantos acuíferos de la región han sido contaminados por las empresas mineras desde la década de 1990. La red de tubería fue realizada por una asociación estadounidense, la cual implementó el proyecto Especialistas en Protección del Agua ante el desdén de las autoridades mexicanas. Aunque el servicio de agua entubada ya se ofrece en Quitovac, las localidades en general aún carecen de drenaje.

En una situación que pareciendo poética es paradójica, los comcáac o seris viven frente al mar, pero mueren de sed. Habitan dos comunidades, Punta Chueca y El Desemboque, pertenecientes a los municipios de Hermosillo y Pitiquito, respectivamente. Gracias a distintas normatividades, son propietarios de una importante porción de la costa central de Sonora, incluyendo a la Isla del Tiburón. Sin embargo, no cuentan con la capacidad económica y tecnológica para explotar los recursos del área que les pertenece.

El Desemboque cuenta con un pozo de agua, cuyo consumo de electricidad debe ser cubierto por la población. Ante esporádicas dificultades para atender el pago, el Ayuntamiento de Pitiquito ha atendido a la población con un camión cisterna. Punta Chueca carece de infraestructura, y depende de la visita diaria de una pipa del Ayuntamiento de Hermosillo. Existe un reciente proyecto de desaladora que no ha concretado su funcionamiento. Mientras tanto, el desabasto ha propiciado que los comcáac se hayan convertido en grandes consumidores de refresco embotellado.

Durante la Colonia, con su eficiente agricultura, los yoeme o yaquis hicieron posible el sostenimiento material del proyecto civilizatorio y evangelizador desde Sonora hasta California. No obstante, hacia el siglo XIX, les fue arrebatado el río –que lleva su nombre– por los agricultores mexicanos y extranjeros, así como por los gobiernos nacionales y estatales. Lázaro Cárdenas reconoció legalmente a la etnia gran parte de su territorio del sur de Sonora. Miles de yaquis que durante el Porfiriato habían sido vendidos como esclavos a los hacendados del sureste mexicano, regresaron con su descendencia.

La etnia posee legalmente un amplio territorio, así como el derecho de hasta el 50% del agua de la presa La Angostura, pero viven en la pobreza. Se le condicionó el usufructo del recurso hídrico conforme lo requiriera su agricultura, pero el estado no se ha ocupado de crear la infraestructura necesaria, ni de dotarlos de los factores indispensables para la producción, de acuerdo con un modelo económico intercultural.

Los yoreme o mayos fueron originalmente un pueblo ribereño; el Mayo fue el río del que se alimentaron desde la época prehispánica hasta las primeras décadas del siglo XX. Sin embargo, en la actualidad viven en alrededor de cien localidades que son compartidas en mayor o menor medida con mestizos. La población se concentra aún cerca del río, pero ahora su afluente abastece a la presa Mocúzarit (Adolfo Ruiz Cortinez), orientada al riego de los distritos de desarrollo rural 148 y 149, con más de 2,000 has.

Además del dilema humano de la carencia de agua en las comunidades en sí mismo, es deplorable que de él se deriven problemas de salud pública. El desabasto de agua en algunas colonias y comunidades ha sido una de las principales causa del dengue en la región, debido al inadecuado, pero necesario, almacenamiento del agua.

Los makurawe o guarijíos residen en una de las áreas más accidentadas de la sierra sonorense, condición que aunada al desdén de las autoridades, define su carencia de servicios públicos. Habitualmente se han abastecido de agua del río Mayo y de los arroyos, pues menos de la cuarta parte de la población tiene agua entubada. En contraparte, para atender a los agricultores del valle del Mayo, los recientes gobiernos estatales y federales han impulsado la edificación de la presa Bicentenario sobre el río, en la región guarijía, cuya edificación de momento se encuentra suspendida, pero no cancelada.

Las condiciones que la modernidad impone dificultan sobrevivir a los pueblos originarios en el presente. Resulta indispensable en el mundo actual la infraestructura que les permita el acceso a los recursos básicos, como el agua. En ella está el origen de la vida, y en las etnias, el propio origen de la sociedad contemporánea.

El marco normativo de la cultura es amplio y generoso, en su dimensión textual, no obstante yerros y vacíos. Es un amplio espectro que abarca los niveles internacional, nacional e incluso local, en el caso de Sonora, siendo consecuencia de luchas sociales dadas alrededor del mundo; no han surgido en primera instancia ni de la bondad de los políticos ni de procedimientos burocráticos de rutina; son consecuencia de las exigencias de los pueblos originarios.

Como si se tratara de un mundo de papel, y como si Sonora no fuese económica y culturalmente diverso, la élite agrícola y los empresarios hermosillenses reclamaron su derecho al vital líquido, disponiendo de los caudales de la región, concibiéndose así el Acueducto Independencia, que no es el primero incluso como evidencia de las inequidades; ya anteriormente, en los años setenta, se construyó uno para una minera de la sierra, y en los noventa otro para el área de Guaymas-San Carlos. Ante la desecación de los valores de la vida republicana, les queda a los pueblos ancestrales transitar de los cánticos propiciatorios de la lluvia, al clamor de justicia, y del clamor a la lucha reivinidicativa.


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