Sobre un volcán





Jesús Silva-Herzog Márquez/


Dia de publicación: 2018-06-08


El 27 de enero de 1848 el diputado Alexis de Tocqueville tomó la tribuna de la Asamblea para dirigir un mensaje urgente a Francia. Veía una profundísima crisis moral que terminaría por cambiar la historia. Lo que temía desde su viaje a Estados Unidos se volvía una amenaza palpable. Sentía la formación de una energía popular en condiciones de desbordar el baluarte de los derechos. Reconocía la legitimidad de la indignación pero temía las consecuencias del encono. No olfateaba una revolución política sino una auténtica revolución social. Advertía que la democracia liberal, ese compuesto tan delicado, esa frágil mezcla que estudió en el nuevo continente, se escindía. Esto no es un simple cambio de gobierno, se aproxima un sacudimiento telúrico. Hablaba un observador convertido en político. Hablaba también un político que no dejaba de meditar sobre la “fisonomía indecisa” del presente. Se detenía en los orígenes del furor y no dudaba en identificar la causa histórica. Más allá de las personalidades en pugna y de las dificultades del momento, había una causa que hermanaba esta revolución naciente con todas las previas. Era más política que económica y más moral que política. “Cuando trato de ver, en los diferentes tiempos, en las diferentes épocas, en los diferentes pueblos, cuál ha sido la causa eficiente que ha provocado la ruina de las clases que gobernaban, veo perfectamente tal acontecimiento, tal hombre, tal causa accidental o superficial, pero podéis creer que la causa real, la causa eficiente que hace que los hombres pierdan el poder es que se han hecho indignos de ejercerlo”. Los cambios abruptos de la política, los grandes saltos de la historia no se originan en la miserias sino en el agravio. Las revoluciones no son súbitos estallidos justicieros, son efecto del poder vuelto indecencia.

Si la monarquía cayó, dice el moralista, fue porque, al aparecer la rebelión, estaba ya podrida. Nadie puede dudar de que conservaba fuerza y riqueza. Nadie ha negado el apoyo que tenía en las costumbres y en las creencias más antiguas. Era imponente… y se convirtió en polvo. ¿Por qué? Para responder su pregunta, Tocqueville no busca en las tablas de impuestos y de gastos del Estado. No trata de identificar el genio del revolucionario que rehizo la historia a su medida, ni se empeña en ubicar el error catastrófico. Es la corrupción lo que hace insostenible cualquier arreglo de gobierno. La corrupción carcome lo elemental. “Por su indiferencia, por su egoísmo, por sus vicios, la clase que entonces gobernaba se volvió indigna e incapaz de gobernar”.

Ilustraciones: Patricio Betteo

El aristócrata denunciaba el secuestro de lo público, la degradación de las costumbres. Describía, de algún modo, la desaparición de la política misma. La desvergonzada politiquería había engendrado un despotismo gerencial que no atendía, ni por asomo, el interés general. Los gobernantes se comportan como dueños de una industria a la que exprimen en su beneficio. Cuando reina la corrupción el espacio público desaparece. El gobierno trabaja como un comité al servicio de sus propios intereses. El poder desvergonzado, decía en esos mismos días Karl Marx. Pero lo que Marx entendía como la característica de cualquier política, era descrito por Tocqueville como su perversión más grotesca: los gobernantes convertidos en socios de una empresa a la que pretenden explotar.

Entonces concluía su discurso revelando su convicción: “estamos durmiendo sobre un volcán”. Las crónicas registran la irritación que causaron estas cinco palabras. En un territorio dedicado a la oratoria de la desmesura parecían una exageración inaceptable. Tan desgastadas están las palabras del Parlamento que cuando se activa la alarma nadie la escucha. Voces incapaces de activar la preocupación, de motivar reflexión, de aportar al entendimiento. Pero el sociólogo tenía razón. Francia descansaba sobre un volcán.

 

Nunca una elección tan aburrida ha anticipado un cambio tan profundo. El cambio que se aproxima es el más hondo que ha vivido la política mexicana en varias generaciones. No se acerca un simple cambio de gobierno, la transmisión del poder de un partido viejo a un partido nuevo. La transformación por venir alterará la brújula de la política, modificará sustancialmente el mecanismo del poder, alterará la imagen misma de lo social.

No es una tercera alternancia sino, tal vez, una segunda transición. El año 2000 terminó siendo un simple relevo de partidos. Hoy reconocemos la trivialidad de la hazaña. Se limpió la escalera de la ambición modificando mínimamente la maquinaria del poder. El cambio que viene se sostiene precisamente en la denuncia del carácter oligárquico de la transición levantando la promesa de una democracia auténtica. Se ofrece, por lo pronto, una idea distinta de las instituciones, del pluralismo, de la naturaleza del conflicto y de los modos de agregación de exigencias. No es una propuesta reformista sino en muchos sentidos refundacional: reinventar la política, constituir otra democracia, la verdadera.

Sorprende que ese radicalismo incube en el tedio. Desde 1982 no vivía México una campaña tan excitante por el voto. El 2018 nos ha regresado al México anterior a la competencia electoral. Estas son, en efecto, las primeras elecciones no competidas en el México democrático. No digo que, en la dimensión electoral, hayamos sufrido una reversión autoritaria: los espacios en el foro público, las reglas de la competencia, los procedimientos son propios de un sistema pluralista. La contienda, sin embargo, parece resuelta desde el inicio. En ningún momento ha aparecido la tensión de la incertidumbre. Desde la campaña de Miguel de la Madrid no vivíamos una campaña como desfile triunfal. El candidato que arranca adelante no ha visto disminuir su ventaja; los contendientes no figuran como amenaza real, el debate se concentra en una sola de las opciones, a la que se da, anticipadamente, trato de ganador. Los rivales son relleno.

La campaña habría sido un paseo, si no estuviera salpicada de sangre. Antes de que acudamos a las urnas el crimen ha votado ya, con balas. Cada semana de la campaña se conoce el asesinato de un candidato a algún puesto de elección popular. Se registra en una página interior, en un reporte breve del noticiero. El tema no aparece en la polémica y apenas provoca definiciones de los aspirantes presidenciales. La eliminación física es, por supuesto, sólo el extremo de la intervención criminal en la política mexicana. Si conocemos el nombre de los candidatos eliminados, ¿cuántos aspirantes habrán sido eficazmente intimidados? ¿Cuántos ciudadanos habrán dejado de participar en el proceso tras haber la amenaza? ¿Cuántos lograrán el triunfo para ponerse al servicio de los delincuentes? La muerte se convirtió en el clima de la política mexicana. Aquí llueve, sale el sol y se mata.

 

Un cambio tan profundo como el que se anuncia implica una intensa repolitización del mundo. Politizar es cuestionar lo habitual, es fracturar las certezas heredadas, es convocar a una adhesión combativa. Politizar es abrir posibilidades, es afirmar la potencia de la voluntad, es rechazar los imposibles. La placidez estallará y oxigenará nuestra política. Seguramente, la proliferación de los estallidos será también tóxica.

Al definir agenda, la política se hace batalla. Tras el cambio resultará indispensable afirmar la ruptura: escenificarla. Habrá disputas diminutas y gigantescas. Las habrá triviales y trascendentes. Se multiplicarán por todos lados. Lo que permanecía incuestionable, lo que se escondía bajo la capa de las costumbres, se abrirá al litigio, al conflicto, a la guerra de los símbolos y de las apropiaciones. A falta de resultados inmediatos, la Epopeya de la Cuarta Transformación se sostendrá en emblemas. No se ganará la paz en el Primer Día, pero desde ese instante recibiremos las imágenes de la Historia en construcción. No será difícil dorar el contraste. Tras la ostentación reciente, cualquier gesto de austeridad será recibido como una purificación.

Por supuesto, no todo será teatro. El punto de choque será el consenso liberal y tendrá consecuencias económicas y políticas. Hablo de las dos dimensiones de ese entendimiento que ha marcado la historia reciente de México: el acuerdo tácito sobre el funcionamiento de la economía y el pacto pluralista. El debate público, las políticas de gobierno, la concepción de las instituciones, el sentido de las reformas ha correspondido a una filosofía del mundo. Son incontables sus corrupciones, pero parece innegable que, desde hace décadas, de nuestra vida pública ha tenido necesidad de legitimarse con credenciales liberales. Afirmar derechos y constituir instituciones imparciales. Con lemas liberales hemos entendido la marcha reciente de México: apertura al mundo, premio al mérito, aliento a la competencia, afirmación de las neutralidades, fortificación de los derechos. A cada uno de estos lemas le corresponde una réplica. Frente a la apertura, la melancolía de la autosuficiencia; frente a la competencia, la tutela del Estado; frente al pluralismo, la polaridad; frente al sociedad civil, el Pueblo.

 

Algo puede anticiparse con razonable certeza: morirá el sistema de partidos que dio sentido a la política mexicana desde 1988. El neocardenismo no solamente impulsó la competencia, también redefinió el horizonte democrático. Desde entonces la política mexicana tuvo tres puntos cardinales: en el centro derecha, el PAN; en el centro izquierda, el PRD y en el centro hueco, el PRI. La brújula nacional podía orientarse con esos tres puntos de referencia. Los emblemas eran señales en el espacio público que ayudaban a orientarnos. Acción Nacional tenía un programa relativamente coherente en materia internacional o económica. Anticipábamos los argumentos del PRD en materia social. Brújulas para orientarnos en el caos de la política.

No es necesario esperar al resultado de la elección para percatarnos de que el régimen del 88 está en ruinas. Aquel triángulo ha dejado de ser mapa. El sistema de partidos agoniza. Muchos dirán que la muerte de la partidocracia es bien merecida. Pocas cosas tan desprestigiadas como ese acomodo. Entiendo la antipatía que generan nuestros partidos pero no me puedo unir al festejo funerario. Sigo convencido de que un sistema democrático requiere partidos estables y bien conectados con la sociedad. Lo que se insinúa como sustituto del sistema previo no anticipa contrapesos productivos y eficaces que den norte al pluralismo, que apliquen castigos aleccionadores y que alojen adecuadamente la diversidad. Si en algo se sostienen los equilibrios democráticos es precisamente en un régimen institucionalizado de partidos. Su disolución no es buen augurio: podemos asistir a la reconfiguración democrática del viejo presidencialismo. Ante el fortalecimiento de Morena y la fragmentación de las oposiciones, puede repararse aquella sintonía de poderes que hacía del Ejecutivo el dueño de la ley. Débiles serán seguramente los contrapesos institucionales al poder presidencial.

Los candidatos sin partido no pintarán en la elección presidencial pero se presentan como una alternativa al monopolio. En el ámbito local o, incluso, en la legislatura federal pueden refrescar el debate público. Ya son aguijones contra el hermetismo de los partidos y podrían ser semilla de nuevas organizaciones frescas y perdurables.

Nos desorienta sin duda el desarreglo de los partidos. Resulta imposible ubicarse hoy en el caos de los significados. Las coaliciones que han competido en esta elección no son alternativas mínimamente coherentes: la derecha y la izquierda se funden; sin pudor, los radicalismos de un extremo abrazan a la otra punta. No hay señales que nos permitan para orientarnos en el revoltijo, no hay bancos de confianza pública.

El primer ingrediente en el deceso del arreglo del 88 es la crisis histórica del PRI. El partido que alguna vez fue imbatible se perfila al peor desastre electoral de sus tres existencias. Nunca en su larga historia se había encaminado a una elección tan adversa. La opción de la continuidad parece indefendible. Sus votantes se extinguen. Su desprestigio ha llegado a niveles inusitados. Las encuestas perfilan la elección como una batalla por el tipo de cambio y dejan fuera la alternativa de la continuidad. El votante tiene ante la urna una pregunta: ¿cómo quieres castigar al PRI?

Es importante advertir que la debacle que se respira va más allá de la contienda presidencial. La gran alarma para el PRI está en las regiones y en el Congreso. Fue ahí donde se mantuvo la hegemonía priista a pesar de la derrota presidencial y es ahí donde puede recibir la peor tunda. Los priistas no pueden ser optimistas prácticamente en ninguna contienda estatal. La sacudida que viene puede ser, por ello, la más profunda en la historia del PRI: la derrota letal. En dos ocasiones ha perdido la presidencia pero en ningún momento ha perdido el poder. Aun en la oposición, el PRI era el eje de la gobernabilidad, el gran partido nacional, el partido que, aun en minoría, sabía cómo sujetar las riendas del Congreso. La elección de 2018 puede convertir al PRI, por primera vez en su historia casi secular, en un partido que no sirve para definir el rumbo ni para el obstruir el paso. Un partido testimonial, carente de liderazgos nacionales, privado de guía en las regiones. Debemos pensar la política sin el PRI.

El Frente desaparecerá tan pronto se cuenten los votos. El PRD perderá todas sus posiciones ejecutivas, será un partido minúsculo en un Congreso que tenderá a gravitar alrededor de la nueva fuerza hegemónica. Pocos resistirán la seducción desde el poder. En Acción Nacional se desatará una ruidosa batalla interna que dificultará la definición frente al nuevo gobierno. El foco de los panistas será la recuperación de un partido extraviado por una coalición fracasada. Se sentirá seguramente la tentación de configurar un equilibrio bipartidista para hacer frente a la poderosa maquinaria de Morena.

La novedad es, por supuesto, Morena y el amplio arco del lopezobradorismo. El movimiento de López Obrador no tiene el propósito de ser un partido más. No busca ser simplemente el partido mayoritario. No es casualidad que se aluda al movimiento por encima del partido. En la amplitud de su convocatoria se percibe una clara intención hegemónica. Todo cabe en el arco de Morena y sus aliados. No hay requisito ideológico ni ético para inscribirse en la coalición. Se necesita tan sólo un acto de adhesión al caudillo. El movimiento de López Obrador trasciende al partido que fundó. Su abanico da muestra de su horizonte: no pretende ser un segmento organizado de la sociedad política sino su totalidad o, más propiamente, su síntesis. Izquierdas y derechas; ultraizquierdas y ultraderechas; empresarios y líderes sindicales; reformistas, revolucionarios, reaccionarios. Centro norte y sur. López Obrador ha roto los techos tradicionales de la izquierda. Ha conectado con electores que jamás soñó ese flanco, tiene ascendiente en regiones que habían sido tradicionalmente conservadoras. La viscosidad de su discurso público le ha permitido ser la tradición y la ruptura, abanderar estatismo y democracia, ser el insulto y el perdón, la restauración y la catapulta. 

Morena carece de contornos. Ya no es un partido de izquierda sino una cazuela que quiere recogerlo todo. El único punto de unión, por supuesto, López Obrador. Como una nueva versión del PRI, Morena le ha abierto la puerta a todos. Ahí están los líderes del sindicalismo más corrupto y los panistas más conservadores. Ahí conviven evangélicos y jacobinos. Ahí se juntan los admiradores de Kim Jung Un con los aduladores de Enrique Peña Nieto.

Debemos detenernos en esta pretensión hegemónica que sirve de plataforma de la ambición histórica. En su discurso se trata del cuarto lienzo del muralismo mexicano. Independencia, Reforma, Revolución, Regeneración. Hidalgo, Juárez, Madero, López Obrador. Esa es la escala de la megalomanía. La sacudida que viene al sistema de partidos no es simplemente por el severo castigo que seguramente recibirá el PRI por el ascenso de nuevos partidos y el debilitamiento de los tradicionales. Es la aparición de un jugador extraordinario. Se trata de un artefacto que no embona en las coordenadas tradicionales de la política. Aclaro: no niego el carácter de izquierda del movimiento lopezobradorista. Con todas sus contradicciones e indecencias, el acento distributivo de su programa no deja, a mi entender, espacio para la duda. El punto es que desde ahí, desde la izquierda, tiene la ambición de absorberlo prácticamente todo. Más que como expresión de una parte que aspira a la mayoría se concibe como síntesis del todo. Esa es la intención: ser el vehículo político del país auténtico. Morena y sus aliados son el nuevo pulpo, el nuevo imán de una hegemonía en formación. López Obrador no ha pretendido recuperar el proyecto perdido del PRD. No ha tratado de rescatarlo del extravío. Si la melancolía es parte fundamental de este proyecto es precisamente por el anhelo de reconstituir un bloque nacionalista enfrentando adversarios sin legitimidad. Esa y no otra es la naturaleza de la controversia contemporánea: el partido de la lealtad histórica contra los renegados.

 

Anticipo una presidencia seductora, fuerte, ambiciosa, torpe y enmarañada. Tendrá un respaldo popular inusitado en nuestra historia reciente. No sentirá la restricción de las reglas ni de los hábitos. Enfrentará una oposición débil y confundida. Los límites que puede enfrentar serán más económicos que políticos. A pesar de su fantasía, México no es una isla: tendrá poco espacio para jugar con la irresponsabilidad. Desplegará magistralmente una política de símbolos que será recibida con júbilo por una sociedad indignada por el recuerdo del pasado reciente. Sostendrá en la mano la conversación pública. Seguirá provocando polarización, definirá toda intervención pública como una lucha entre el pueblo y las mafias defendiendo privilegios. Las organizaciones de la sociedad, las instituciones de la imparcialidad, los medios críticos sufrirán el embate de una política belicosa. Al mismo tiempo, los grandes proyectos, las causas magníficas serán obstaculizados por las distracciones y las incompetencias de un equipo de novatos y trasnochados. La magia del voluntarismo se exhibirá muy pronto, ineficaz.

La democracia liberal encarará su desafío más complejo. A mi juicio, su primera tarea es la de reconocer el fundamento del alegato populista. Debe admitirse que detrás de la neutralidad de las instituciones hay captura. Debe aceptarse igualmente que el discurso de los derechos no puede desentenderse del imperativo de la cohesión. Al mismo tiempo, habrá de combatir el antipluralismo, la erosión de las instituciones, la polarización moral que constituyen la agenda política del populismo. La tarea es compleja aunque pueda expresarse de manera elemental: que la democracia sea liberal. Que el liberalismo sea democrático.

18 de mayo de 2018

 

Jesús Silva-Herzog Márquez
Profesor de la Escuela de Gobierno del Tecnológico de Monterrey. Entre sus libros: La idiotez de lo perfecto y Andar y ver.


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