La creencia de la impunidad





Roberto Fleischer Haro/


Dia de publicación: 2017-07-14


Con esta situación socioeconómica, con el aumento de la delincuencia y de la violencia en general, hay una profunda confusión en la discusión sobre la Seguridad Publica.

Las entidades, las instituciones, la sociedad, todos queremos respuestas inmediatas; sin embargo esto se lograría ver a largo plazo. En cuanto más se procuran soluciones inmediatas, más errores se cometen. El problema no tiene solución a corto y mediano plazo, es necesario pensar en un proyecto estratégico, porque hay muchas cuestiones a considerar.

Primero, extirpar de la policía lo que esta gangrenado y, al mismo tiempo, iniciar una nueva formación de servidores policiales, con buenas condiciones de trabajo y capacitación técnica, de suerte que se tengan algunos resultados en el futuro. Fundamentalmente es necesario cambiar de mentalidad.

Porque una preocupación que hay que asentar, tiene que ver con la forma en que la sociedad puede detener los abusos de la policía. La policía esta preparada para resistir y controlar a los delincuentes, pero la sociedad no está preparada para controlar los excesos de la policía, cuando ésta actúa contra la sociedad.

En relación con los delincuentes comunes, la población adopta determinados patrones de comportamiento, de seguridad, pero no en relación con la policía, que debería

garantizar la seguridad publica y no violarla. Se responde a tales abusos demandando su investigación, sin embargo, son las propias corporaciones policíacas las que investigan sus excesos, basadas siempre en conceptos muy peculiares respecto de lo que es ser un buen o mal policía.

Entre otras cosas, se hace necesario acabar con la creencia de la impunidad. Pero en un proceso lento, gradual y seguro, también es necesario que el aparato judicial y el aparato administrativo adopten medidas eficaces en el combate a los que se asocian a la delincuencia, y también a los que traspasan los límites legales y legítimos en acciones de represión.

Es necesario acabar con la impunidad, mostrar al policía que él será castigado en caso de que cometa abusos y se asocie con delincuentes, romper el círculo perverso de delincuentes que han sido policías y policías que han sido delincuentes.

Las corporaciones policíacas deben ser controladas, sus actividades deben estar definidas en una política clara de seguridad pública, y sus componentes claramente seleccionados, para que, en caso de que se pase por encima de esas definiciones, la sociedad cuente con instrumentos eficaces para investigar y sancionar a los responsables.

Depurar y profesionalizar los cuerpos policíacos no puede ser un proceso rápido, toma por lo menos cuatro o cinco años ver los primeros resultados, pero, además,

dotar a las policías de mejores condiciones para actuar, para hacer investigaciones profesionales, para darle mejores condiciones de vida y de trabajo, puede ser económicamente costoso en un primer momento pero tomemos en cuenta, que la Seguridad Publica de las principales ciudades del Estado, pueden ser autosuficientes.

De manera que no es un problema de fácil solución, aun cuando es realmente posible caminar hacia allá.

Es preciso decir también que la sociedad reacciona de manera equivocada ante los abusos policíacos, en ella se da también la confusión entre las nociones del delincuente y pobre, la sociedad tiene miedo de los estratos sociales más bajos: ahí pueden estar los delincuentes, y pueden no estar, en fin, la sociedad se equivoca tanto cuando se forma un concepto equivocado del sospechoso como cuando no exige una protección efectiva de la justicia.

Otro equívoco de la sociedad se da cuando defiende que (mientras más pena mejor) y nunca poder pensar en penalidades alternativas, o peor, cuando demanda que se realicen muchas detenciones, con el riesgo de que éstas se hagan en contra de meros sospechosos, y no de quienes cometen realmente los delitos.

En México tenemos aproximadamente ciento ochenta mil presos, y siete veces más ordenes de aprehensión no ejecutadas, eso significa que convivimos con mas personas indiciadas en la libertad que en prisión, si

liberáramos a una tercera parte de estos prisioneros, probablemente no aumentaría la ola de delitos o de violencia, lo que evidenciaría también otro equívoco de la sociedad, mientras mas gente presa, mejor.

El problema no está en aumentar la pena, y sí en el sistema penitenciario; es urgente por lo menos perfeccionar la terapéutica, el tratamiento, las condiciones de resocialización (de vida) en las prisiones. Mantener presa a una persona que siquiatras, sicólogos y trabajadores sociales del propio sistema judicial y penitenciario juzgan que no volverá a delinquir después de la primera infracción, no tiene mucho sentido.

Se detiene a personas a veces con alto costo de vidas, se asegura parte del producto del delito, pero la fuente no es bloqueada ni el flujo detenido. Y todo vuelve a ser lo mismo después de algunos días.

Los puntos de tráfico de estupefacientes (tiraderos de droga), en donde ya supuestamente ha habido aprehensiones, pero cuyo funcionamiento nunca se ha interrumpido. Por lo tanto el combate a toda esa creciente delincuencia depende también de que se tengan métodos científicos de investigación y persecución y de que se coordinen los tres niveles de Gobierno, como hasta ahora.

Se podría crear una fuerza policíaca que sea verdaderamente parte de la sociedad, con elevado sentido del deber, el servicio y la responsabilidad, fundamentado en el conocimiento, la habilidad y la

integridad, constituyendo así la mejor garantía de que los derechos humanos serán promovidos y protegidos, y de que se asegurará uno de los derechos básicos de las personas: EL DERECHO A VIVIR SIN MIEDO.

Roberto Fleischer Haro,

Miembro de la IV generación de egresados de la Escuela de Policía del Estado de Sonora.

Registro Nacional de Seguridad Pública. FEHR440205H26223583


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