Una sociedad distópica





Noé Becerra/


Dia de publicación: 2017-05-19


Si usted ha tenido la oportunidad de leer el libro más reciente de Lorenzo Meyer, “La Distopía Mexicana”, se quedará con un sabor agridulce en la boca. Meyer parte del análisis de lo que entendemos por Utopía, sí, aquella misma que manejó con agudo deleite Tomás Moro.

Esa sociedad perfecta o ideal, que describía el ilustre inglés donde a través de un buen gobierno se podía alcanzar lo imposible: un no lugar. O sea, lo inexistente. Lo que no existía por ser perfecto.

La Distopía es lo contrario a la utopía de Moro. La obra de Meyer nos lleva a la condición de analizar lo que sucede en nuestro país, para llevarnos a una sociedad también de un no lugar, pero totalmente diferente, no de sociedad ideal, no de sociedad perfecta, sino de una sociedad de carencias, imperfecta.

En ese lugar dominan en grado extremo los aspectos negativos del ejercicio del poder, donde la “cosa pública” lleva a la construcción de comunidades que acaban con la dignidad de sus componentes, siendo por lo tanto la fuerza, el miedo, la irracionalidad y un ambiente de corrupción profunda, las características más relevantes.

El punto central de todo ello, puede decirse entonces siguiendo el posicionamiento de Meyer, que a medida que transcurren los años, las sociedades cambian y sus gobernantes son rebasados por dichos cambios. Poco hacen frente a los mismos. O bien caen en el torbellino de la displicencia o bien, de la complacencia.

Por otro lado, los períodos en que gobiernan les parecen pocos para hacer todo lo que según ellos deben realizar. Si son tres años de gobierno, o son seis, les parecen pocos. Y ello en ocasiones resultan así, porque no tienen ningún plan de gobierno estable y debidamente diseñado.

Quien entra a gobernar crée que va a inventar el hilo negro, y todo lo que el anterior gobernante hizo, no le parece al nuevo, y llega el siguiente y piensa igual del anterior, y así sucesivamente, y siempre caen en el tobogán de la distopía gubernamental trayendo como consecuencia una sociedad que va para atrás.

Se inventan entonces reelecciones de funcionarios municipales y de diputados haciendo creer a los incautos electores que ahora sí, han llegado los salvadores de la patria, porque lo que falta es tiempo para demostrar lo buenos que son. ¡Hágame usted el favor!.

El problema no es cambiar la ley y dar oportunidad a los mismos. El problema es exigirle a quienes nos gobiernan que lleguen con planes bien estructurados antes de tomar el mando. Que convenzan. Que sean serios y responsables. Que tengan metas y resultados.

Y el que no cumpla que se le revoque el mandato de inmediato. Es todo amable lector. Pero seguimos siendo la primera entidad federativa en hacernos como el Tío Lolo, porque no existen liderazgos verdaderos que conduzcan  a las masas a una verdadera concientización de lo que debe ser la participación política y electoral.

Mal inicia un movimiento social que reclama mayor participación, cuando es disuelto por el oscurantismo de los intereses que se encuentran en oficinas refrigeradas a todo lo largo y ancho del Estado de Sonora. El cacicazgo en pleno siglo XXI es el mismo de todos los siglos.

El retroceso de la sociedad está en su máxima expresión, eso ni duda cabe. Sin embargo, la sociedad debe ser dirigida, sólo que los gobernantes están muy ocupados en sus intereses personales o de grupo. No tienen diagramas de acción bien delineadas ni programas de gobierno que hagan realidad un presente y un futuro más prometedor para las mayorías.

Por ejemplo, no existe una simple acción programática que le de a usted la certeza de que un gobernante inicie con una obra o servicio público y concluya en tiempo y forma con las que prometió. No hay certidumbre alguna. 

Por el contrario, y como ya se dijo con anterioridad, es lugar común donde prevalecen los aspectos negativos del ejercicio del poder, donde se acaba con la dignidad de los gobernados, donde la fuerza, el miedo, la irracionalidad y un ambiente de corrupción profunda, son las características más aterradoras de un presente y un futuro negro y preocupante.

Cuánta desesperanza, qué vacío tan profundo. Así que a seguir jodiéndole a la chamba y no se salga amable lector de las líneas trazadas por quienes mandan en su entorno. Eso, es parte de la distopía sonorense.

O usted, ¿qué opina amable lector?. 

El autor es abogado postulante por la UNAM, ha sido catedrático universitario en varios Estados y articulista en diversos periódicos del país. Teléfono (6621) 57.7114 celular  primalex2010@hotmail.com


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Comentarios



francisco durazo

se enviaron comentarios anteriormente, que informan que no seran publicados pero no justifican tal negativa por lo que solicito publicar mi opinión.

2017-05-22
oscar castro valdez

Estimado Francisco... He leído con atención tu comentario en Cartas al Director. Primero agradezco tus palabras y seguirnos de mucho tiempo atrás. Sé que eres un lector de calidad y por la misma razón me "aplico" a contestar rápido lo que me parece un comentario interesante, porque en este espacio, asi como en las Cartas al Director, salvo casos donde se use lenguaje inapropiado, ofensivo, soez, o se invada la vida privada, TODO se publica. la libertad de expresión es un compromiso, lo asumo, lo sostengo y lo defiendo. No tengo idea, créeme, de lo que pasó, pero te aseguro que censurado no fue. Por el contrario, en verdad te digo que yo quisiera que más lectores usaran las dos secciones, sería estupendo y, ojalá, motivador de debates interesantes. Te pido disculpas por la falla que con razón y derecho me señalas: al mismo tiempo te pido me hagas llegar el comentario que, dices, no fue publicado para "subirlo" de inmediato. Y te reitero, puedes usar el espacio cuantas veces gustes o creas necesario, estaré atento a que estas omisiones no se vuelvan a repetir. Te saludo con afecto, y una vez más, agradeciendo el tenernos como una de tus fuentes serias de información.

2017-05-22

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